Crucifixión del Ejército

  • Beatriz Pagés
Muchos mexicanos no podemos entender la lógica del presidente.

La Iglesia católica, siempre cautelosa en sus criticas, reprobó en el pasado editorial Desde la Fe el trato dulzón, tolerante y blandengue que el gobierno da a la delincuencia.

Un ciudadano que pidió al mandatario de manera desesperada la presencia del Ejército en Oaxaca recibió por respuesta: “El Ejército no se usa para reprimir al pueblo”, lo que llevó a ese hombre a lanzar una frase memorable: “¡Carajo!, ¿el narco es pueblo?”

Todos sabemos que para Andrés Manuel López Obrador el pueblo es bueno y sagrado, lo que permite deducir que, para el presidente, la delincuencia es buena, sagrada y, por consecuencia, intocable.

Si los criminales son pueblo, ¿en qué categoría queda el Ejército?

En el mismo escenario donde el presidente López Obrador dijo que la sentencia a cadena perpetua del Chapo Guzmán era “algo muy doloroso” y trató de redimir a un transgresor de la ley por la ingrata vida de persecución que llevó, olvidó o evitó condenar el asesinato del coronel Víctor Manuel Maldonado emboscado en un municipio de Michoacán.

En el primer caso, se refirió al delincuente por su nombre, se solidarizó con la familia del traficante; y en el segundo, sin dirigir una sola palabra a la viuda y a los huérfanos, solo habló de la muerte “del coronel”.

Lo que indica el discurso oficial es que en la escala moral de este gobierno tiene más valor la vida de un delincuente que la de un militar.

El Chapo Guzmán vale por haber cometido alrededor de 70 mil muertes, por ser uno de los principales traficantes de droga a Estados Unidos y tener una fortuna calculada en mil millones de dólares.

En contraste, el coronel Maldonado, un militar que solo vivía de su sueldo, con un currículum excepcional, que murió a manos de los delincuentes que investigaba y perseguía, responsables de los colgados y descuartizados en Uruapan, no fue objeto de los mismo honores.

Tampoco han sido reivindicados los soldados que en diferentes estados de la república han sido vejados. Un nuevo video muestra cómo pobladores en Los Reyes, Michoacán, insultan y agreden a un grupo de soldados que habían detenido a un criminal.

La imágenes –que se hicieron virales– dejan ver cómo el Ejército está siendo obligado –por ordenes superiores– a rendirse ante la delincuencia, cómo se le está desmoralizando al permitir que asesinos y asaltantes le arrebaten el honor y la dignidad.

Nefasta señal para un país que –como lo indica el más reciente informe sobre Crimen Organizado y Justicia en México– tiene la más alta tasa de violencia en el hemisferio.

Las “palabras dulzonas”, plagadas de referencias bíblicas –“no creo en el ojo por ojo”– con las que se trata al crimen organizado tienen más apariencia de ser un pasaporte para que los narcotraficantes acumulen poder e impunidad, que una estrategia para disminuir la violencia.

A muchos mexicanos, señor presidente, nos enseñaron en la escuela y en nuestros hogares a respetar al Ejército. Vemos en el uniforme que llevan soldados y oficiales, el símbolo de la patria.

No podemos aceptar, entonces, que por órdenes de usted –aunque sea el presidente, o precisamente por serlo– se permita que los delincuentes humillen a nuestros soldados.

Cada vez que un criminal patea y doblega a un militar, se entrega territorio, seguridad y conciencia nacional a la delincuencia organizada.

¿El narco es pueblo? Sólo que se le quiera convertir en gobierno.