El gobierno de Lorena Cuéllar Cisneros comienza a preocuparse más por los movimientos de sus adversarios que por los problemas de la ciudadanía. Eso significa que algo no está funcionando como presume.
En Tlaxcala, cada vez es más clara la existencia de una estructura dedicada a monitorear las actividades de la senadora Ana Lilia Rivera. Lo preocupante es lo que esta situación revela sobre el estado de ánimo que prevalece en el círculo del poder.
Si la administración estatal estuviera plenamente satisfecha con sus resultados, si existiera confianza en la aceptación ciudadana de su gobierno y si el proyecto político que hoy gobierna Tlaxcala tuviera la fortaleza que presume, no habría necesidad de vigilar a nadie.
Los gobiernos seguros de sí mismos gobiernan. Los gobiernos inseguros observan, calculan y se obsesionan con quienes consideran una amenaza. Es el caso del gobierno de Cuéllar Cisneros.
La disputa por la gubernatura de 2027 comenzó mucho antes de tiempo. Lo que debería ser una administración concentrada en resolver problemas de seguridad, salud, infraestructura y desarrollo económico, da señales claras de encontrarse atrapada en una lógica distinta: la preservación del grupo en el poder.
Una cosa es construir un proyecto político con aspiraciones legítimas y otra muy distinta convertir la sucesión en el eje central de las decisiones gubernamentales.
Es evidente el despliegue de recursos políticos, mediáticos y territoriales para posicionar determinadas figuras vinculadas al grupo gobernante. La promoción permanente, los eventos cuidadosamente diseñados, la ocupación sistemática de espacios públicos y el adelantamiento de los tiempos políticos reflejan una preocupación que ya no puede ocultarse.
La pregunta es: ¿por qué tanta prisa?
La respuesta se encuentra en algo que comienza a percibirse incluso dentro de Morena. La sucesión ya no parece un proceso controlado exclusivamente desde Palacio. La aparición de liderazgos con presencia propia, trayectoria política consolidada y capacidad de movilización altera los planes de quienes asumían que el relevo gubernamental sería una simple decisión administrativa.
La figura de Ana Lilia Rivera representa precisamente ese factor de incertidumbre para el grupo en el poder. No depende políticamente de la estructura gubernamental, cuenta con una base propia dentro del movimiento y conserva una relación directa con sectores de la militancia que no necesariamente se sienten representados por los grupos que hoy administran el poder estatal.
Por eso el nerviosismo.
Lo delicado es que esta dinámica no sólo exhibe una disputa interna. También pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto los recursos, el tiempo y la energía de las instituciones públicas están siendo utilizados para gobernar y no para administrar una sucesión anticipada?
La ciudadanía no eligió un gobierno para organizar candidaturas futuras. Lo eligió para resolver problemas presentes.
Mientras en diversas regiones del estado persisten demandas en materia de seguridad, servicios públicos, empleo y atención social, la percepción que ya se ha instalado instalarse es la de una clase política más ocupada en la disputa del poder que en el ejercicio del gobierno.
Esa percepción puede resultar devastadora.
Los ciudadanos suelen perdonar los errores. Lo que difícilmente perdonan es la distracción.
Ningún gobierno debería sentirse amenazado por la competencia política. Al contrario, la competencia fortalece a las democracias y obliga a los liderazgos a rendir mejores resultados. Lo preocupante es cuando desde el poder se percibe a cualquier voz con capacidad de crecer como un riesgo que debe ser vigilado.
Eso no habla de fortaleza, sino de miedo.
Y cuando el miedo comienza a instalarse en los pasillos del poder, suele ser porque la sucesión ya dejó de ser una oportunidad para convertirse en una preocupación.
En Tlaxcala, el problema ya no es quién quiere gobernar después de 2027. El problema es que hay señales cada vez más visibles de que Lorena ha comenzado a dejar de gobernar para intentar garantizar quién gobernará después. No lo logrará.

