En política, hay una regla no escrita: quien llega nuevo a un cargo no tiene por qué cargar con los errores de su antecesor. Sin embargo, en Tlaxcala, el actual coordinador de comunicación decidió, inexplicablemente, hacer suyos los conflictos que su predecesor generó con varios medios de comunicación. El resultado: amenazas, descredito y una crisis evitable que ahora mancha su gestión.
No es raro que en la alternancia de funcionarios persistan rencillas heredadas, pero lo verdaderamente inexplicable es cuando el nuevo titular, en lugar de deslindarse o buscar soluciones, opta por profundizar el conflicto. En este caso, el ahora coordinador no solo no cortó amarras con los problemas del pasado, sino que los adoptó como propios, lanzando amenazas contra medios que, en realidad, no tenían por qué ser sus adversarios.
¿Qué lo llevó a tomar esa decisión? ¿Lealtad mal entendida? ¿Falta de criterio propio? O peor aún, ¿la creencia de que intimidar a la prensa es una estrategia viable? Sea cual sea la razón, el efecto ha sido claro: una crisis de credibilidad que lo ubica en el mismo lugar del que debió distanciarse.
Los medios de comunicación no son enemigos naturales del gobierno; son un contrapeso necesario. Cuando un funcionario elige la confrontación en lugar del diálogo, no solo daña su propia imagen, sino que debilita la confianza en la institución que representa. En tiempos donde la percepción pública es frágil, sudar las calenturas ajenas no es un acto de lealtad, sino un error que se paga caro.
Tlaxcala merece una comunicación pública profesional, no una cadena de resentimientos heredados. Ojalá esta crisis sirva como lección: el pasado no se debe enterrar, pero tampoco se debe revivir.