• Abel Velázquez
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El gobierno de Tlaxcala enfrenta una crisis de credibilidad, no solo por sus resultados cuestionables en materia de seguridad y desarrollo, sino por los manejos opacos de ciertos funcionarios que, lejos de servir a la ciudadanía, parecen servirse del erario. Dos nombres resuenan en este escenario: Augusto Ramírez y Octavio Ortega, excoordinador y actual coordinador de comunicación estatal, respectivamente, cuyos acuerdos y deslices han contribuido al desprestigio de las instituciones.

Augusto Ramírez, quien fungió como vocero gubernamental, dejó el cargo para integrarse a la Fiscalía del Estado, llevando consigo los mismos vicios que lo caracterizaron: trato hostil hacia la prensa y una gestión opaca. Hoy, esa institución —ya de por sí cuestionada— padece los estragos de su estilo confrontativo, mientras la rendición de cuentas brilla por su ausencia. Pero lo más grave es su situación actual: ausente desde inicios de año por una "misteriosa enfermedad", se habla de hospitalizaciones, pero también de un salario que sigue fluyendo sin que cumpla siquiera con el mínimo ritual burocrático de las "horas nalga".

Mientras tanto, Octavio Ortega, su sucesor en la coordinación de comunicación, no solo asumió sus propias funciones, sino también las de Ramírez, permitiendo que este último siguiera en nómina sin aportar nada. Esta complicidad no solo refleja un grave desdén por el uso de los recursos públicos, sino que evidencia cómo se ha difuminado la línea entre el gobierno estatal y la Fiscalía, generando un conflicto de intereses que debilita a ambas instituciones.

El resultado es un gobierno sumido en la desconfianza y una Fiscalía que opera con opacidad, mientras la ciudadanía paga los platos rotos. La administración estatal debe aclarar estas irregularidades y demostrar que no hay espacio para privilegios, compadrazgos o salarios fantasma. De lo contrario, la imagen de Tlaxcala seguirá siendo la de un estado donde la impunidad y el mal gobierno son la norma, no la excepción.

Dios los hace y ellos se juntan, versa un dicho popular.