• C. Baltazares
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La propuesta de reforma electoral presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum en México ha llegado a ser uno de los temas centrales en el debate político nacional durante los últimos meses. La discusión en torno a esta propuesta refleja profundas preocupaciones acerca del equilibrio de poder, la autonomía institucional, la participación democrática y la calidad de la representación política en el país. Por un lado, sus defensores argumentan que la reforma busca una modernización del sistema electoral, eliminando redundancias y reduciendo costos, mientras que sus críticos advierten que este cambio podría constituir un retroceso en la consolidación de una democracia plural, debilitando la autonomía del Instituto Nacional Electoral (INE) y favoreciendo intereses de grupos políticos específicos.

 

Cabe mencionar que, aunque la reforma puede ser técnica en su diseño, sus efectos pueden ser profundamente políticos y estructurales, afectando la forma en que se distribuye el poder y se garantiza la voz ciudadana. La reforma propuesta apuesta por cambios estructurales que afectarían directamente el funcionamiento del sistema electoral mexicano. Entre los principales puntos se encuentran la modificación en la estructura y financiamiento del INE, así como en los mecanismos de asignación de cargos políticos mediante la eliminación o reducción de ciertos cargos de representación proporcional, como diputaciones y senadurías. Además, se plantean cambios en los procesos de fiscalización de los recursos políticos y en los sistemas de representación política que, en teoría, buscan simplificar los procesos y disminuir los gastos públicos en actividades electorales.

 

Dentro de estos cambios, la propuesta también contempla la posible reducción en el número de diputaciones y senadurías asignadas por representación proporcional, lo cual afectaría principalmente a los partidos políticos de menor tamaño y a las fuerzas de oposición que han ido ganando espacios en las cámaras legislativas en los últimos años. La intención oficial es “fortalecer la democracia” mediante la consolidación de un sistema más eficiente y menos costoso, sin embargo, muchos analistas ven en esta intención una estrategia para facilitar el control del poder por parte del partido gobernante y sus aliados, en lugar de ampliar las posibilidades de participación y competencia política.

 

Por ello, desde una perspectiva crítica, la reforma parece favorecer particularmente al partido en el poder, en este caso Morena, y a los actores políticos ligados a su línea de gobierno. La probable reducción en la representación proporcional y en los recursos destinados a partidos políticos menores podría traducirse en la debilitación de esas fuerzas y en la concentración del poder en los actores que actualmente tienen mayor respaldo institucional y popular.

 

Se argumenta que al limitar las fuentes de financiación y restringir la participación de partidos disidentes, la reforma puede consolidar un escenario en el que Morena y sus aliados dominen con mayor facilidad la estructura legislativa y ejecutiva del país. Este control puede disminuir las posibilidades de que voces plurales y oposición puedan tener un espacio significativo en la discusión política, restringiendo así la diversidad ideológica y el diálogo democrático.

 

Por otro lado, algunos análisis señalan que la reforma limitaría la pluralidad política no solo en las instituciones federales, sino también en el ámbito local, dado que los partidos estatales y regionales podrían verse afectados por cambios en sus reglas de participación, reduciendo su autonomía y entorpeciendo su capacidad de representación, en especial aquellos que han buscado fortalecer su presencia en diferentes entidades federativas.

 

Los principales actores políticos afectados por la reforma son, desde luego, los partidos de oposición. El Partido Acción Nacional (PAN), el Revolucionario Institucional (PRI), y Movimiento Ciudadano (MC), que podrían experimentar una pérdida significativa en sus recursos, espacios y posibilidades de competencia, debido a la reducción en financiamiento y en los mecanismos de asignación proporcional de diputados y senadores.

 

Para los partidos tradicionales, esto representa un reto evidente ya que la coyuntura puede limitar su capacidad de organización y proyección pública. La disminución en los espacios de representación proporcional puede traducirse en una desventaja frente a Morena, cuyo control de la mayoría en las cámaras legislativas se ve reforzado por estas mismas modificaciones. En este escenario, la posibilidad de disputar espacios políticos y obtener recursos para su fortalecimiento, tanto en procesos electorales como en la participación ciudadana, se ve amenazada.

 

Por otro lado, los partidos estatales también se verían afectados, en tanto que la reforma busca centralizar y homogeneizar las reglas del juego en el nivel federal. La tendencia a la alineación con el proyecto del gobierno federal podría generalizarse, limitando la autonomía y la capacidad de movilización de estas fuerzas regionales, que en ocasiones representan la expresión de intereses específicos de sus comunidades.

 

Desde una perspectiva crítica, la reforma podría interpretarse como un intento de concentración del poder en una sola mano, además de un retroceso en la autonomía y la independencia del INE, que en los últimos años ha consolidado su papel como garante de la transparencia, legalidad y neutralidad en los procesos electorales. La reducción de recursos y la reconfiguración de los mecanismos de control podrían facilitar prácticas clientelistas y favorecer la manipulación del sistema para beneficios de quienes actualmente tienen el control del poder político.

 

Un riesgo adicional es que la limitación en la participación de actores políticos diversos pueda disminuir la transparencia y la fiscalización del proceso electoral, lo cual sería perjudicial para la legitimidad de los resultados y para la confianza de la ciudadanía en las instituciones democráticas. La posible tendencia hacia la centralización y simplificación del sistema electoral puede traducirse en una mayor vulnerabilidad a prácticas flagrantemente antidemocráticas, como el uso de recursos públicos con fines de propaganda o la coacción del voto.

 

En conclusión, aunque la propuesta de reforma electoral impulsada por Claudia Sheinbaum busca presentarse como un esfuerzo para “modernizar” el sistema, en realidad parece representar una estrategia de consolidación de poder que puede poner en riesgo los principios fundamentales de autonomía, pluralidad y participación democrática. Por tanto, la ciudadanía y los actores políticos deben mantenerse alertas y exigir procesos transparentes y democráticos, que impulsen una construcción institucional más equitativa, plural y desafiante a los intentos de control electoral y concentración del poder. Dado que solo desde un debate plural y una participación activa puede lograrse un sistema electoral que reivindique los valores democráticos en su más amplia acepción.