• Horacio González
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No es casualidad que, cada vez que se aproxima una definición política relevante, aparezcan polémicas amplificadas, lecturas interesadas y juicios apresurados en redes sociales. En Tlaxcala, lo estamos viendo de nuevo: se intenta convertir un episodio aislado en el centro del debate público, como si eso borrara trayectorias, trabajo territorial y decisiones que sí han tenido impacto real en la vida del estado.

Hay una estrategia conocida detrás de esto: desacreditar el carácter para desdibujar el liderazgo. Se busca instalar la idea de que hablar con firmeza es un defecto, que levantar la voz es sinónimo de falta de capacidad y que la política debe ejercerse desde la complacencia. Nada más lejano a la realidad. En un contexto como el tlaxcalteca, donde los problemas no se resuelven con discursos suaves ni con sonrisas calculadas, la tibieza suele ser más dañina que cualquier exceso verbal.

Quienes hoy se escandalizan selectivamente, como ahora mismo sucede en el caso de la senadora Ana Lilia Rivera, omiten un dato central: la política no se ejerce en clips de segundos ni en comentarios anónimos. Se ejerce tomando decisiones, defendiendo posiciones y asumiendo costos. Y eso, inevitablemente, genera incomodidad. Pretender una representación sin carácter es, en el fondo, apostar por una política sin contenido.

Resulta llamativo que el debate se concentre en la forma y no en el fondo. Poco se habla, por ejemplo, del trabajo legislativo, de la defensa de programas sociales, de la presencia constante en municipios o de la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace. Ese silencio no es ingenuo: es parte del intento por desplazar la discusión hacia terrenos más cómodos para quienes no tienen mucho que mostrar.

Tlaxcala no necesita representantes mudos ni figuras diseñadas para no molestar a nadie. Necesita liderazgo con convicción, con claridad y con la capacidad de decir no cuando es necesario. Confundir firmeza con agresión es una simplificación que solo beneficia a quienes prefieren una política de apariencias, sin decisiones de fondo.

Las polémicas pasan. Las campañas de desgaste también. Lo que queda es la huella del trabajo y la percepción ciudadana en el territorio. Y ahí, lejos del ruido digital, la gente suele tener claro quién está y quién no, quién da la cara y quién se esconde cuando vienen las decisiones difíciles.

Endurecer el debate no debería asustarnos. Al contrario: debería servir para separar lo accesorio de lo esencial. Porque si algo está en juego hoy en Tlaxcala no es un intercambio verbal, sino el tipo de liderazgo que se quiere para el futuro del estado.