En Tlaxcala se ha instalado una lógica perversa: cuando una figura crece en el ánimo ciudadano, el poder no dialoga ni corrige, ataca y hace alianzas perversas. Los embates sistemáticos contra la senadora Ana Lilia Rivera Rivera no responden a diferencias legítimas dentro de Morena; responden al temor que provoca una mujer que no se somete y que no negocia su congruencia.
Resulta irónico —y profundamente preocupante— que quienes se dicen herederos de un movimiento de transformación recurran a artimañas que parecían enterradas con el viejo PRI. Campañas negras, desinformación, bots, presión institucional y operación política dirigida desde empresas externas, ajenas a Tlaxcala y a su realidad. No es estrategia moderna: es manual viejo, reciclado con logos distintos.
Ese “Morena” que hoy gobierna Tlaxcala se parece cada vez menos al movimiento que prometió erradicar los vicios del pasado. Lo que vemos es una restauración: del control, del chantaje, del uso faccioso del poder público para inclinar la balanza.
No es casual que en esta ofensiva reaparezcan viejos actores del priismo, como Beatriz Paredes Rangel, quien hoy pretende seguir siendo fiel de la balanza política, aliándose con quienes la han dejado operar con absoluta impunidad. Una alianza que, además, implicó traicionar políticamente a Anabel Ávalos en 2021 cuando fue candidata a la gubernatura por el PRI, sin que la dirigencia estatal del PRI —encabezada por Enrique Padilla— diga una sola palabra.
El silencio del PRI no es ingenuo: es complicidad. Mientras se simula oposición, se opera en los hechos a favor del grupo gobernante que, usando ahora las siglas de Morena, ayer transitó por el PRD y el PAN. Los colores cambian; las prácticas permanecen.
La utilización del erario, la presión ejercida sobre la burocracia de los tres poderes, organismos autónomos y municipios, no quedará impune. Más temprano que tarde, la factura llegará. Porque no se puede gobernar eternamente desde la opacidad, la corrupción, la impunidad y el nepotismo, ni con una élite de funcionarios importados de otras entidades que no conocen Tlaxcala ni respetan sus costumbres.
Cuando Lorena Cuéllar deje el poder, ese grupo se irá. Se irá sin arraigo, sin compromiso y, pretenden, sin rendir cuentas. Pero Tlaxcala tiene memoria.
La estrategia de inflar a cinco aspirantes nunca fue pluralidad: fue simulación. Su único objetivo era preparar el terreno para la declinación en favor del alcalde de Tlaxcala, Alfonso Sánchez García. Al no lograrlo por la vía política, hoy recurren al uso descarado de recursos públicos para promover su imagen y denostar la de Ana Lilia Rivera.
Y aun así, no lo consiguen. Porque la senadora sigue siendo vista por amplios sectores como la única alternativa real de cambio, ese que con Cuéllar Cisneros nunca llegó.
Grave —y éticamente reprobable— es lo que hoy ocurre con la dirigencia estatal de Morena. Marcela González, esposa del alcalde, ha permitido que bardas institucionales sean utilizadas para promocionar a su marido. No es descuido: es conflicto de interés. No es omisión: es uso faccioso del partido.
Mucho tendrá que explicar cuando la dirigencia nacional la llame a cuentas. Porque no ha actuado con institucionalidad, ni con imparcialidad, ni con el mínimo decoro que exige representar a un movimiento que dice combatir los abusos del poder.
Nada de esto es casual. Nada es improvisado. El objetivo es claro: bajar a Ana Lilia Rivera de las preferencias ciudadanas. Pero hay un error de cálculo: confunden desgaste con rechazo. Y no son lo mismo.
Porque cuando el poder ataca con tanta saña, no exhibe fortaleza, exhibe miedo. Y cuando se gobierna desde el miedo, la ciudadanía —tarde o temprano— responde con dignidad. En Tlaxcala, ese momento se acerca.

