Esta mañana me encontré a un buen amigo en Amaxac, platicamos unos minutos en la calle. Me pidió apoyo para que su hija ingrese al CBTIS 03, argumentó que es una buena alumna, tiene ganas. Como muchos padres y madres en esta época, busca lo mejor para su hijos e hijas.
Le respondí algo que vale la pena repetir aquí, el mejor bachillerato es el que está cerca de casa. No porque los otros no valgan, sino porque los planteles saturados no son, por definición, mejores.
Durante décadas nos hicieron creer que solo ciertas escuelas “abren puertas”, cuando en realidad lo que abre puertas es el esfuerzo, el acompañamiento y la escuela pública fortalecida.
Hoy avanzamos hacia un bachillerato nacional, con un certificado común que busca romper jerarquías artificiales y mitos heredados. No más escuelas de primera y de segunda, no más destinos escolares definidos por el apellido, el contacto o la recomendación.
Estamos dando pasos concretos, como el sorteo de turnos, y vamos a explorar para que en cada febrero las y los estudiantes de tercero de secundaria reciban tres opciones de preinscripciones a bachilleratos con aceptación garantizada, y cercanas a su hogar; desde luego que pueden buscar otra alternativa, pero en ese caso el proceso tendría que ser diferente.
Es un proceso que no solo transforma procedimientos, sino mentalidades. Porque el influyentismo no es solo una práctica de élites, también es una aspiración aprendida de quienes han sido excluidos.
Cambiar eso es profundamente político y profundamente educativo. Democratizar el acceso es también democratizar la esperanza, la escuela pública no puede ser un privilegio, es un derecho, y los derechos no se gestionan por favores, se garantizan por justicia.
Con afecto igualitario,
Homero Meneses Hernández

