El reciente nombramiento de Ricardo Peralta Saucedo como representante del gobierno de Tlaxcala en la Ciudad de México, al frente de Casa Tlaxcala, no es un hecho menor ni administrativo. Se trata de una decisión profundamente política, cargada de mensajes, antecedentes y lecturas que obligan a un análisis crítico, particularmente por el momento en que ocurre: la antesala de la definición de la candidatura de Morena a la gubernatura del estado.
Ricardo Peralta no es un funcionario desconocido ni un técnico neutral. Su paso por la vida pública ha estado marcado por polémicas reiteradas que forman parte del registro público y periodístico nacional.
¿Por qué llega ahora a Casa Tlaxcala?
El nombramiento de Ricardo Peralta no responde a una lógica de gestión cultural, promoción económica o representación institucional eficaz de Tlaxcala en la capital del país. Responde a una lógica de control político.
La hipótesis más sólida es que Casa Tlaxcala se convierte en una oficina de operación política, no para defender los intereses del estado, sino para intervenir en la sucesión gubernamental. Desde la Ciudad de México, Peralta puede:
-Operar enlaces con grupos nacionales de Morena.
-Construir narrativas y expedientes contra perfiles no alineados a Palacio de Gobierno.
-Servir como intermediario entre la gobernadora Lorena Cuéllar y actores clave del centro del país.
En otras palabras, no llega como representante de Tlaxcala, sino como comisario político en un momento clave.
Este movimiento no puede entenderse sin observar la relación política entre la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros y el coordinador de Morena en el Senado, Adán Augusto López Hernández.
Ricardo Peralta es un personaje históricamente cercano al círculo de Adán Augusto, con quien comparte redes, lealtades y una misma visión de la política: centralizada, de control interno y de acuerdos cupulares.
Diversos trabajos periodísticos han documentado los señalamientos que vinculan al grupo político de Adán Augusto con “La Barredora”, una red de operadores y exfuncionarios señalados por prácticas irregulares en el manejo del poder durante su paso por el gobierno de Tabasco. Sin afirmar responsabilidades penales —que corresponderían exclusivamente a las autoridades—, lo cierto es que la sombra de esas relaciones existe en el debate público y no ha sido disipada con claridad.
La llegada de Peralta a Casa Tlaxcala confirma esa alianza política, y sugiere que Lorena Cuéllar ha optado por atar su proyecto sucesorio a un grupo nacional, aun a costa de profundizar divisiones internas en Morena Tlaxcala.
En este tablero no puede ignorarse la figura de Beatriz Paredes Rangel. Aunque formalmente alejada de cargos públicos, su influencia política en Tlaxcala y en el centro del país sigue siendo real.
La hipótesis crítica es que Paredes juega un papel de bisagra silenciosa: interlocutora confiable para actores del viejo régimen, pero también puente con sectores del nuevo poder. La presencia de Ricardo Peralta —un perfil que dialoga mejor con las élites que con la militancia— podría responder a la necesidad de recomponer equilibrios históricos, no de profundizar la transformación.
Lejos de fortalecer la representación de Tlaxcala en la Ciudad de México, el nombramiento de Ricardo Peralta debilita la legitimidad del gobierno estatal, envía un mensaje de cerrazón política y confirma que la prioridad no es el desarrollo del estado, sino la disputa interna por el poder, con el objetivo de perpetuar las dinastías gobernantes, las mismas que llevan décadas en el poder sin soltarlo, mostrando con ello que gobernar es un tema de familias.
En un momento en que Morena enfrenta el reto de definirse desde la ciudadanía y no desde los pactos, decisiones como esta reviven las peores prácticas del pasado: operadores sin arraigo, oficinas usadas como trincheras y alianzas que se explican más por el miedo a perder el control que por un proyecto de futuro.
Tlaxcala merece representación, no vigilancia política. Y Morena, si aspira a mantenerse como fuerza transformadora, tendrá que decidir si sigue tolerando este tipo de maniobras o si escucha, de una vez por todas, a su base social. Con Lorena Cuéllar o Alfonso Sánchez García, no lo hará.

