Dicen los abuelos que candil de la calle y oscuridad de su casa. Y pocas frases describen mejor la reciente “reaparición” del expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien desde su supuesto retiro político decidió levantar la voz… pero no por los miles de desaparecidos en México, ni por los hospitales sin medicinas, ni por la violencia que sigue desangrando al país, ni por la narco política de Morena y el huachicol fiscal.
No, el ex presidente decidió salir de su rancho La Chingada para pedir donaciones para Cuba.
Así de claras están de claras sus prioridades. Prefiere activarse por otra nación, mientras México pierde la lucha contra el desempleo, la inseguridad y las enfermedades como el sarampión.
Resulta impactante cuáles son las causas que logran “despertar” al líder moral de la llamada Cuarta Transformación.
Puede ignorar sin mayor remordimiento a miles de madres buscadoras que recorren el país con una pala en la mano tratando de encontrar a sus hijos, esos que se perdieron en su sexenio y a quienes siempre ignoró.
Puede guardar silencio ante la crisis de seguridad que dejó más de cien mil desaparecidos durante su sexenio. Puede mirar hacia otro lado mientras hospitales públicos sobreviven día a día por milagro.
Pero cuando se trata de defender lo indefendible, un régimen que ha condenado al pueblo cubano a décadas de hambre, dolor y represión, entonces sí aparece la voz del antiguo mandatario.
Vaya sensibilidad.
Si ese es el modelo político que admira el líder de la 4T, entonces sí: México tiene mucho de qué preocuparse.
Porque mientras se pide solidaridad internacional, aquí en casa sobran las tragedias ignoradas.
Hay miles de familias buscando a sus desaparecidos. Hay mujeres que vieron enfermar a sus hijos por la falta de vacunas contra el sarampión o la poliomielitis. Hay hospitales públicos donde los neonatos prematuros carecen de medicamentos y hasta de alimento suficiente para sobrevivir.
Ahí está el Hospital General de México, por ejemplo, operando todos los días entre carencias y heroísmo médico. Lo vivimos en Tlaxcala, con un sistema colapsado por la indiferencia e incapacidad gubernamental.
Y ni hablar del campo mexicano, donde productores enfrentan plagas devastadoras como el gusano barrenador que volvió a nuestro país por el ineficaz gobierno de López Obrador.
El buen juez por su casa empieza. Así ha sido siempre.
México necesita líderes que primero miren a su propio pueblo antes de extender la mano hacia causas que, por más legítimas que se quieran presentar, no pueden estar por encima de las urgencias nacionales.
La solidaridad no se da desde el discurso ni desde la nostalgia ideológica.
Empieza atendiendo a los tuyos.
Porque cuando en casa falta medicina, seguridad y justicia, pedir colectas para otros países no es solidaridad: es simple y llanamente candil de la calle y oscuridad de su casa.

