• Diego Oaxaca
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En el surrealista escenario de la política tlaxcalteca, la realidad ha superado con creces a la sátira. Antonio Martínez Velázquez, “el pequeño dictador del podio" y vocerito de la gobernadora Lorena Cuéllar, ha decidido abandonar cualquier rastro de decoro institucional para hundirse en el fango del ridículo. 

En sus ya infames diálogos "circuleros", el vocero ha mutado de comunicador a un patético aspirante a juzgador, pretendiendo ser el poseedor de la verdad absoluta, con la miopía de quien solo ve lo que su jefa le ordena.

La más reciente hazaña de este inquisidor de bolsillo sucedió hoy, subido en su ladrillo, descalificó la investigación sobre la “red de huachicol fiscal”, con una intervención que raya en algo muy parecido la estupidez. 

Resulta enternecedor, si no fuera indignante, ver cómo Martínez Velázquez se desvive en gesticulaciones y diatribas para proteger a Ricardo Peralta, flamante representante del Tlaxcala en la Ciudad de México y pieza clave en el trabajo periodístico de Alejandro Melgoza y Williams Castañeda, de la Unidad de Periodismo de Investigación de N+, que revela que ocho empresas, tres mandos medios y titulares de seis aduanas facilitaron la entrada de al menos 31 buques entre 2024 y 2025.

La defensa apasionada que hace el pequeño fascista del micrófono de Ricardo Peralta no es gratuita. Estamos hablando de la presunta cabeza civil de una estructura criminal que ha facilitado el contrabando de millones de litros de combustible ilegal desde los Estados Unidos hacia México. Definitivamente, no es un asunto menor.

Mientras Peralta operó, según la investigación, en la opacidad desde las oficinas aduaneras de México hace poco, aquí, su "abogado de oficio", sin mostrar una sola prueba para absolver al individuo señalado más que su dicho, se desgarra las vestiduras intentando limpiar una mancha de chapopote que ya es imborrable. 

Este sujeto Ricardo Peralta, que burló aduanas y controles fiscales para delinquir, encuentra en el Gobierno de Tlaxcala no solo un refugio político sino también la protección de la gobernadora Lorena Cuéllar, quien le facilita un vocerito dispuesto a mentir para mantener la impunidad de sus "entrañables amigos".

Con una soberbia que solo la ignorancia o el cinismo pueden alimentar, el vocero descalifica a los medios locales que osaron replicar la investigación nacional. No informa, arremete. No explica, insulta. Su intolerancia es el síntoma más claro de un gobierno que se siente acorralado por sus propias sombras y por la banda de presuntos delincuentes que hoy habita el Palacio de Gobierno y los gabinetes legal y ampliado.
La pregunta que queda en el aire ante tal nivel de desvarío de Martínez Velázquez es: ¿qué se necesita para frenar este espectáculo degradante? Quizás, antes de volver a tomar el micrófono, el vocerito debería someterse a análisis clínicos antidoping de rigor o por lo menos a un examen de facultades cognitivas para determinar si su pérdida de realidad es voluntaria o patológica. 

El podio para informar no es un trono, es una responsabilidad que hoy le queda abismalmente grande.