• Homero Meneses Hernández
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Hace unos días recuperé un texto incómodo, lo compré hace un tiempo y ahora lo leí.
Es un texto de esos que no se leen para coincidir, sino para pensar. “¡Abajo los jefes!”, de Joseph Déjacque, un autor que desde el siglo XIX lanzó una consigna radical que hoy sigue provocando, él sostenía que toda autoridad es sospechosa, incluso la que dice representar al pueblo.
Confieso que no es una lectura cómoda para quien cree —como yo— en la posibilidad de transformar la realidad desde el servicio público.
Creo que si llevamos su planteamiento al extremo, entonces no hay gobierno bueno posible, no hay institución legítima, no hay conducción política que no termine, tarde o temprano, separándose de la gente.
Sin embargo, hay algo profundamente valioso en esa incomodidad.
El poder puede corromper a quien lo busca o a quien quiere conservarlo.
Esa es una verdad tan antigua como la política misma. Por eso hay quien ha llegado a pensar que la única solución es que el Estado no exista, que toda forma de autoridad desaparezca para evitar el abuso.
Pero la historia también nos ha enseñado que no todos los que critican al Estado lo hacen desde el mismo lugar.
Los libertarios de este siglo, en su mayoría, no son como Déjacque. Son de derecha. Plantean que el Estado debe desaparecer, sí, pero no para dar paso a una comunidad libre e igualitaria, sino para abrirle la puerta al dominio del mercado. No al poder del pueblo, sino al poder del dinero.
Ahí hay una diferencia fundamental.
Porque no es lo mismo cuestionar el poder para emancipar a las personas, que debilitarlo para dejar a la sociedad a merced de intereses económicos. No es lo mismo luchar contra la opresión que desmantelar los instrumentos que permiten combatirla.
Muchos como yo creemos en otra ruta. Creemos que el Estado puede ser herramienta de justicia, que la política puede ser un instrumento de transformación, que el poder público puede servir para reducir desigualdades y ampliar derechos. Esa es la apuesta de nuestro tiempo.
Pero esa apuesta solo se sostiene si no perdemos de vista lo esencial, que el poder no es un privilegio, es una responsabilidad.
El poder no se ejerce para mandar, sino para servir. Que no se acumula, se pone en movimiento. Que no se busca o se conserva a costa de todo.
La pregunta entonces no es si debe existir el poder. La pregunta es cómo evitar que el poder se nos escape de las manos.
Cómo mantenerlo cerca de la gente.
Cómo evitar que se ponga al servicio del dinero.
Cómo impedir que se vuelva costumbre y deje de ser compromiso.
Quizá no se trata de gritar: abajo los jefes!!!
Pero sí de recordar, todos los días, que nadie está por encima del pueblo.
Porque cuando el poder se aleja, deja de ser transformación.
Y cuando se olvida a quién se debe, deja de tener sentido.
Con afecto libre que no libertario.
Homero Meneses Hernández