• Horacio González
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En política, los tiempos lo son todo. Adelantarlos o forzarlos suele ser señal de debilidad, pero eso es precisamente lo que hoy ocurre en Tlaxcala, donde la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros parece más ocupada en definir a su sucesor que en concluir con dignidad el mandato que le fue conferido.

A un año y medio de que termine su periodo constitucional, resulta no solo inusual, sino profundamente cuestionable, que la titular del Ejecutivo estatal esté operando políticamente para impulsar a quien considera su relevo: el presidente municipal de Tlaxcala, Alfonso Sánchez García. ¿En qué momento gobernar dejó de ser la prioridad? ¿Desde cuándo un sexenio se abandona políticamente antes de tiempo?

Este adelantamiento no ocurre en el vacío. Es consecuencia directa de un gobierno que no logró consolidarse ni responder a las expectativas que generó. El arribo de Morena al poder en Tlaxcala, tras décadas de alternancia, representaba una oportunidad histórica para romper inercias, combatir vicios y construir una nueva forma de gobernar. Sin embargo, la realidad ha sido otra.

Se han acumulado señalamientos por prácticas que contradicen los principios que enarboló el movimiento que llevó a Cuéllar al poder: opacidad en el manejo de recursos, decisiones cuestionables en la administración pública y una percepción creciente de favoritismos que se traduce en nepotismo. A ello se suma una sensación persistente de impunidad frente a errores y excesos que no encuentran sanción ni corrección.

En este contexto, la promoción abierta de un “delfín” no solo resulta prematura, sino preocupante. Porque no se trata únicamente de una aspiración política legítima, sino de la intención de trasladar -como herencia- un proyecto que no ha dado resultados claros. Lo que se intenta prolongar no es un modelo exitoso, sino uno profundamente cuestionado por amplios sectores de la sociedad.

El problema es que, mientras desde el poder se insiste en construir una candidatura, en la calle crece el desencanto. Las y los tlaxcaltecas observan con escepticismo el rumbo del gobierno estatal y comienzan a formarse un juicio propio, lejos de la narrativa oficial. Los negativos aumentan, el desgaste es evidente y, sin embargo, pareciera que en el círculo cercano de la gobernadora nadie lo advierte o nadie se atreve a decirlo.

Impulsar a un sucesor en medio de un gobierno debilitado no es una estrategia de continuidad, es un acto de negación. Negación de los errores, de las críticas, de la realidad misma. Cuando un gobierno funciona, no necesita imponer, convence. Y cuando no lo hace, cualquier intento de prolongarlo se percibe como lo que es: un esfuerzo desesperado por conservar el poder.

Tlaxcala merece más que eso. Merece un gobierno concentrado en resolver, no en heredar. Merece instituciones que rindan cuentas, no proyectos personales que se perpetúan. Y, sobre todo, merece que quienes hoy gobiernan entiendan que el poder no se transfiere como un patrimonio, sino que se gana, pero también se pierde, frente a la ciudadanía.