Horacio González
En los procesos de renovación del poder local, la política suele moverse tanto en el terreno de los hechos como en el de las percepciones. Tlaxcala no es la excepción. De cara a la sucesión gubernamental de 2027, comienzan a delinearse estrategias que buscan incidir más en el ánimo de la opinión pública que en la correlación real de fuerzas al interior de Morena. Algunas de esas maniobras ya habían sido advertidas con antelación en este espacio.
Desde hace meses se hablaba de una posible cadena de declinaciones de aspirantes a favor del alcalde de Tlaxcala, Alfonso Sánchez García. La narrativa apuntaba a construir la idea de un cierre de filas en torno a su figura, como si la competencia interna se estuviera decantando de manera natural e inevitable. Sin embargo, más que un proceso orgánico, lo que se ha observado es un esfuerzo deliberado por posicionar una candidatura que, en los hechos, no ha logrado despegar con fuerza propia en el ánimo ciudadano.
A esa lógica se ha sumado recientemente otra táctica: la difusión de encuestas que colocan al alcalde en un supuesto “empate técnico” con la senadora Ana Lilia Rivera Rivera, e incluso la incorporación del nombre de la secretaria de Turismo, Josefina Rodríguez Zamora, como una tercera vía que fragmentaría la conversación pública.
El objetivo parece claro: generar ruido, sembrar duda y construir una percepción de competencia cerrada que no corresponde con la realidad que reflejan los estudios demoscópicos conocidos. Porque, conviene decirlo con claridad, todas las encuestas disponibles —sin excepción— favorecen a la senadora Ana Lilia Rivera, tanto en niveles de conocimiento como en intención de voto y opinión positiva.
La crítica a esta estrategia emprendida por el equipo del alcalde capitalino, y en la que no es ajena la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, no es menor. Cuando se utilizan encuestas como herramientas de propaganda y no como instrumentos de medición, se erosiona la confianza ciudadana y se distorsiona el debate interno. No se trata de negar la legítima aspiración de nadie, sino de señalar que la construcción artificial de escenarios competitivos puede convertirse en una forma de desinformación. En lugar de fortalecer la vida democrática del partido, se apuesta por una ilusión mediática que difícilmente se sostendrá en el tiempo.
Más delicado aún es el impacto que estas prácticas tienen en la unidad de Morena. En un contexto nacional y estatal que exige cohesión, la promoción de proyectos personales mediante el uso del aparato gubernamental —sea en visibilidad, recursos o posicionamiento institucional— va en sentido contrario al llamado reiterado a la ética pública. Morena ha insistido, desde su origen, en que el poder no debe usarse para favorecer ambiciones individuales, y Tlaxcala no debería ser la excepción a ese principio.
Si se revisan con objetividad las posibilidades reales de Alfonso Sánchez García para alcanzar la candidatura, el panorama es limitado. Su influencia se concentra en el ámbito municipal y su proyección estatal es reducida; carece de una estructura territorial sólida fuera de la capital y no cuenta con un respaldo mayoritario entre las bases morenistas del estado.
En contraste, la senadora Ana Lilia Rivera ha construido una trayectoria de alcance nacional, con presencia constante en Tlaxcala, reconocimiento interno en Morena y una cercanía probada con las causas que dieron origen al movimiento. Su posicionamiento no es resultado de campañas anticipadas ni de recursos institucionales, sino de años de trabajo político y legislativo.
La sucesión en Tlaxcala debería ser una oportunidad para reafirmar los valores que Morena dice defender: honestidad, congruencia y unidad. Apostar por estrategias de percepción falsa puede rendir dividendos momentáneos en el debate mediático, pero a largo plazo debilita al partido y confunde a la ciudadanía.
La realidad, por ahora, es clara: más allá del ruido, la senadora Ana Lilia Rivera encabeza las preferencias y concentra las mayores posibilidades reales. Lo demás, por más insistente que sea, no deja de ser un intento por torcer la percepción frente a una correlación de fuerzas que ya está definida.
- Horacio González
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