“Estúpido”, una palabra breve, contundente, como piedra lanzada sin mirar a quién golpea. La Real Academia Española no deja lugar a dudas, es un insulto, una descalificación directa a la inteligencia del otro, no hay eufemismo que la suavice ni contexto que la convierta en caricia.
Y sin embargo, esa fue la palabra que Ana Lilia Rivera Rivera decidió arrojar contra quienes se atreven a hacer lo que en democracia debería ser cotidiano, cuestionar el trabajo de sus representantes.
Después de semejante expresión de la semana pasada, la senadora no salió a ofrecer disculpas ni por respeto a la ciudadanía, salió empujada por el reflector de los medios de comunicación, obligada a explicar lo inexplicable, y terminó construyendo una defensa: que “estúpido” no es una ofensa, que no hay agravio, que “si alguien se sintió insultado es problema suyo”, solo le faltó agregar.
La senadora ha perdido cortesía política y también la memoria. La memoria de dónde viene su movimiento, de qué prometió, de a quién dice representar, porque la llamada Cuarta Transformación no nació para regatear explicaciones ni para convertir el desprecio en retórica, nació, al menos en el discurso, para servir y rendir cuentas.
Ahí están los principios que pregonó Andrés Manuel López Obrador como columna vertebral de su proyecto y que Claudia Sheinbaum ha reiterado: honestidad, austeridad, cercanía con el pueblo. No soberbia, no desdén, no superioridad moral.
Pero algo ocurre cuando el poder se vuelve costumbre tras 15 años de vivir de la política, se olvida su razón de existir. El cargo deja de ser encargo y se transforma en trono, la crítica deja de ser derecho y se convierte en estorbo, y el ciudadano deja de ser mandante para convertirse en sospechoso.
La lógica mínima del servicio público es simple, los cargos no se presumen, se justifican; el poder no se exhibe, se ejerce con humildad; el liderazgo no se impone con insultos, se construye con respuestas.
Llamar “estúpido” al cuestionamiento es una falta de respeto y es una grieta en el discurso de quien dice gobernar para el pueblo.
Cuando el poder insulta al ciudadano, no demuestra inteligencia, demuestra miedo, temor a explicar, a rendir cuentas, a dejar de ser relevante, a que el reflector se apague, a descubrir que el respaldo que se presume no es tan sólido como quiere hacer creer.

