Cuando el poder se sube a la cabeza, la soberbia deja de ser un defecto y se convierte en política pública. Así arrancó el año para una senadora tlaxcalteca que, sin rubor alguno, llamó “estúpidos” a quienes osaron cuestionar su desempeño legislativo.
Una sola palabra bastó para incendiar la pradera, como chispa en campo seco, su declaración prendió fuego a nivel nacional y la catapultó a los reflectores de las principales televisoras del país, ya que lo que para ella no fue ofensa, según su versión, para el pueblo resultó una muestra descarnada de desprecio, arrogancia y una preocupante desconexión con la realidad.
Lejos de apagar el incendio, la legisladora decidió avivarlo, por lo que en su intento por “aclarar” la polémica, terminó sepultándose bajo el peso de sus propias palabras, pues no hubo disculpas ni para la prensa ni para la ciudadanía, por el contrario, reafirmó su tono altivo y excluyente, tachando a sus críticos de necios, faltos de inteligencia y merecedores de su desprecio.
En un encuentro con medios, difundido por Hechos de Fuerza Informativa Azteca, sentenció que solo responderá a quienes ella considere “prensa responsable”, es decir, a quienes, bajo su muy particular óptica, investiguen y publiquen lo que le resulte cómodo. Una peligrosa línea que bordea la censura selectiva y exhibe una concepción autoritaria de la libertad de expresión.
Más que un criterio profesional, esta postura revela un filtro ideológico, hablará con quienes aplauden y cerrará filas contra quienes cuestionan. Así, la de Calpulalpan no solo divide a los periodistas entre “buenos” y “malos”, sino que traza una frontera aún más grave, los medios dóciles, complacientes y chayoteros, frente a los incómodos, críticos e independientes.
Un esquema perverso que premia la sumisión y castiga la vigilancia pública. La consecuencia es una ruptura abierta con la prensa tlaxcalteca y, peor aún, con la ciudadanía que exige cuentas, porque para la legisladora parece haber niveles, los que merecen respeto por guardar silencio y los que deben ser descalificados por atreverse a preguntar.
Este episodio no llega solo, se suma a la reciente polémica provocada por la Embajada de China en México, que calificó de fraudulenta la llamada “Oficina Económica y Cultural de Taipéi”, relacionada con la entrega de apoyos gestionados por la propia senadora, tres escándalos consecutivos que dibujan un arranque de año errático, marcado por la confrontación, la opacidad y una alarmante ausencia de autocrítica.
La soberbia es un boomerang, siempre regresa con mayor fuerza. Y hoy, la senadora morenista parece decidida a cavar su propia trinchera, aislándose de la prensa crítica, refugiándose en el aplauso comprado y despreciando a una ciudadanía que, lejos de ser estúpida, está cada vez más informada y más cansada.
Cada declaración la hunde un poco más, la arrogancia escala mientras la credibilidad se desploma, porque cuando el poder se ejerce con desprecio, el resultado no es liderazgo, es fractura. Y cuando se gobierna desde la descalificación, el naufragio no es una posibilidad, es una certeza.

