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Tlaxcala debería estar al borde del hartazgo. Cuando la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros habla de “continuidad de programas” y de asegurar que su obra llegue más allá de su mandato, lo que en realidad está intentando es perpetuar un sexenio marcado por la inseguridad, desconfianza ciudadana, la mala gestión y la corrupción disfrazada de discurso social.
En un reciente pronunciamiento, Cuéllar Cisneros aseguró que su principal interés ahora es que quien la suceda mantenga y consolide los programas de salud, educación e infraestructura impulsados por su administración. Pero discursos bonitos no borran un historial de resultados que, en el mejor de los casos, confunden paliativos mediáticos con soluciones reales.
Organizaciones y encuestas de opinión han señalado que su gestión ha sido ampliamente reprobada por la población en rubros fundamentales como seguridad y combate a la corrupción, con apenas alrededor de 2 a 4 de cada 10 tlaxcaltecas aprobando su desempeño en estas áreas.
La narrativa oficial intenta pintar un estado seguro y próspero. Sin embargo, los hechos hablan por sí solos: la inseguridad persiste y la percepción de corrupción es alta. Las promesas de transparencia no se han traducido en resultados tangibles ni en una disminución palpable de prácticas corruptas en el aparato público.
Los tlaxcaltecas describen la administración de Lorena Cuéllar que, lejos de cortar redes de nepotismo y opacidad, ha reforzado prácticas clientelares y decisiones de gabinete que generan sospechas sobre favoritismos y uso político de los recursos.
Más allá de las inversiones promocionadas, el estado vive una crisis de legitimidad institucional. Los programas sociales que Cuéllar quiere perpetuar han servido más como escudo discursivo que como respuesta eficaz a las necesidades de fondo de los tlaxcaltecas: educación de calidad, seguridad ciudadana confiable, combate frontal a la corrupción y justicia imparcial.
Hablar de reformas para que sus proyectos no se detengan cuando cientos de miles de tlaxcaltecas se sienten defraudados por la gestión actual es un insulto a la inteligencia colectiva.
Los habitantes de Tlaxcala no necesitan más de lo mismo: requieren una reforma profunda, no solo de programas, sino de prácticas políticas que desmantelen realmente la corrupción, el nepotismo y la opacidad que tanto daño han hecho.
Que la gobernadora insista en continuidad no es un legado de crecimiento: es la invitación a que los errores se conviertan en hábito y las calamidades se institucionalicen. Los tlaxcaltecas merecen algo más que discursos bien afinados; merecen resultados que realmente transformen su presente y futuro.


