• Horacio González
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En política, la memoria suele ser corta cuando el poder se instala. Pero hay hechos que difícilmente se olvidan. En Morena Tlaxcala parece haberse instalado una práctica peligrosa: maltratar a quienes fueron aliados para conquistar el gobierno estatal en 2021.

El Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) no solo acompañaron el proyecto que llevó a Lorena Cuéllar Cisneros a la gubernatura; también fueron piezas para construir la mayoría electoral que permitió una nueva alternancia en el estado. Sin embargo, con el paso del tiempo, el trato político que han recibido dista mucho de la lógica de respeto y equilibrio que exige cualquier alianza.

El primer desencuentro serio ocurrió precisamente en el proceso electoral de 2021. Aunque Morena encabezaba la coalición, el grupo político cercano a la hoy gobernadora intentó imponer candidaturas en ayuntamientos y diputaciones locales con una lógica de control absoluto. Aquella jugada —que en los hechos buscaba “madrugar” a los aliados— provocó que el PT decidiera competir con candidaturas propias en varios espacios. No fue una ruptura menor: fue la señal temprana de que el lorenismo pretendía monopolizar el poder político sin reconocer el peso de quienes habían contribuido al triunfo.

Con el PVEM el conflicto llegó a un punto todavía más delicado. Desde el gobierno estatal se intentó intervenir directamente en la vida interna del partido verde, impulsando la llegada del ex secretario de Gobierno, Sergio González Hernández, a la dirigencia estatal. El intento fue interpretado como lo que realmente era: un esfuerzo por controlar al aliado y convertirlo en una extensión política del grupo gobernante. La maniobra finalmente no prosperó, pero dejó heridas profundas en la relación política.

Hoy el resultado es evidente. Tanto el PT como el PVEM mantienen una distancia cada vez más clara con el llamado lorenismo. Y esa distancia no se limita a la gobernadora. También alcanza a quienes representan la continuidad de su proyecto político, como el alcalde de la capital, Alfonso Sánchez García.

Para muchos actores políticos locales, su figura simboliza la prolongación del actual grupo gobernante y, con ello, la permanencia de prácticas que han generado incomodidad entre los aliados: concentración de decisiones, exclusión política y el cierre de filas frente a diversos señalamientos de corrupción que han marcado episodios del actual sexenio.

Paradójicamente, el distanciamiento local no significa una ruptura con el proyecto nacional. En la Cámara de Diputados, tanto el PT como el PVEM dejaron en claro —incluso en medio de su desacuerdo con la reforma constitucional en materia electoral— que su respaldo a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo se mantiene firme. La alianza de la llamada Cuarta Transformación sigue teniendo sentido estratégico a nivel nacional, especialmente cuando en 2027 estarán en juego 17 gubernaturas.

Sin embargo, en política las alianzas nacionales no siempre garantizan armonía en los estados. Y Tlaxcala es hoy un ejemplo claro. Las dirigencias estatales del PT y del PVEM no parecen dispuestas a caminar de nuevo con un proyecto que identifiquen directamente con el grupo político de la gobernadora.

Ese escenario abre una variable interesante rumbo a la sucesión estatal. Si bien el distanciamiento es evidente con el lorenismo, no necesariamente lo es con todo Morena. Hay perfiles dentro del movimiento que han construido relaciones políticas distintas, basadas más en el diálogo que en la imposición. Uno de esos casos es el de la senadora Ana Lilia Rivera Rivera.

A lo largo de su trayectoria, la legisladora originaria de Calpulalpan ha demostrado una capacidad política poco común: tender puentes incluso en contextos de confrontación. Su llegada a la presidencia del Senado de la República no fue producto de una imposición, sino de una construcción de acuerdos que involucró a fuerzas políticas diversas. Esa experiencia política, basada en la negociación y el respeto a los aliados, contrasta con las tensiones que hoy marcan la relación entre Morena Tlaxcala y sus socios históricos.

Por eso, el futuro de la alianza en el estado podría depender menos de las siglas y más de los perfiles. Si Morena insiste en imponer una continuidad directa del grupo gobernante, el distanciamiento con el PT y el PVEM podría profundizarse. Pero si la candidatura recae en una figura capaz de reconstruir puentes, el escenario puede cambiar.

Al final, la política también es memoria. Y en Tlaxcala, los aliados que ayudaron a ganar la gubernatura en 2021 no parecen dispuestos a olvidar cómo fueron tratados después del triunfo.