Hay noticias que no solo duelen, sino que obligan a detenernos.
El asesinato de dos maestras en Michoacán no puede ni debe ser leído como una nota más. Es una herida abierta en el corazón de la escuela y un llamado urgente a repensar el pacto social que sostiene la educación.
En Tlaxcala, desde hace más de tres años impulsamos una reforma para proteger a las y los trabajadores de la educación. Se logró tipificar como agravante las lesiones y se incorporó la difamación. No fue algo menor.
La reforma fue un paso firme en la defensa de quienes todos los días forman conciencia y futuro; sin embargo, hoy la realidad nos coloca frente a una pregunta que nunca imaginamos formular ¿cómo nos protegemos de adolescentes violentos?
Tenemos avances importantes. Las Clínicas de las Emociones, impulsadas por el DIF estatal, y el programa de Entornos Escolares con Bienestar son esfuerzos serios para atender las causas. Pero debemos ser honestos ¿es suficiente?
Hay una verdad incómoda. Muchos padres y madres han delegado la formación de sus hijas e hijos a las pantallas o, en el mejor de los casos, a la escuela. Pero la escuela no puede sola. Ninguna ley sustituye el amor con disciplina, ni el acompañamiento cotidiano del hogar.
Necesitamos comunidad. Necesitamos corresponsabilidad. No podemos permitirnos normalizar la violencia como ha ocurrido en Estados Unidos, donde las masacres escolares y las adicciones se han vuelto paisaje.
La transformación también pasa por reconstruir el tejido social. Ahí está el verdadero desafío.
Con afecto y esperanza en las familias.
Homero Meneses Hernández

