Hay críticas que incomodan, pero fortalecen la vida democrática. Y hay otras que, lejos de cuestionar con argumentos, se construyen desde la mentira deliberada. Lo que hoy enfrenta la senadora Ana Lilia Rivera Rivera pertenece, lamentablemente, a esta segunda categoría: una campaña que no busca debatir ideas, sino distorsionar la realidad.
El uso de herramientas de Inteligencia Artificial para falsificar su voz y difundir mensajes apócrifos no es un exceso menor ni una simple “guerra sucia” más. Es un salto cualitativo en la degradación del debate público. Se trata de fabricar pruebas inexistentes, de crear versiones digitales de una persona para poner en su boca palabras que jamás pronunció. Es, en esencia, un intento de sustituir la verdad por una simulación.
Quien recurre a este tipo de prácticas no está compitiendo políticamente: está renunciando a hacerlo. Porque aquí no hay contraste de propuestas, ni revisión seria del trabajo legislativo, ni discusión de resultados. Lo que hay es una operación que tergiversa posturas, manipula percepciones y apuesta a la confusión como herramienta de desgaste. Y eso debería preocupar más allá de simpatías partidistas.
Por otra parte, también se está intentando construir una narrativa con datos falsos. Por ejemplo, se dice que la senadora “no trabaja”, que apenas ha presentado siete iniciativas en 18 meses, que lleva medio año sin actividad legislativa. Pero los registros oficiales dicen otra cosa: 42 iniciativas, con actividad documentada en 2024, 2025 y hasta marzo de 2026. Es decir, no sólo hay trabajo, hay constancia.
Y conviene subrayarlo: presentar iniciativas, turnarlas a comisiones y darles seguimiento forma parte sustantiva del quehacer legislativo. Reducirlo o negarlo no es crítica, es desinformación.
Además, el contenido de esas iniciativas desmiente la narrativa de inactividad. Seguridad social, migración, medio ambiente, justicia, telecomunicaciones y derechos indígenas son temas que configuran una agenda amplia y activa. No se trata de ausencia, sino de presencia legislativa. No de omisión, sino de trabajo sostenido.
Entonces, ¿por qué insistir en la falsedad? El contexto ofrece una pista clara. En Tlaxcala, donde la senadora se posiciona en el primer lugar de encuestas serias, la disputa política se ha trasladado al terreno digital con una intensidad creciente. Cuando los números no favorecen, algunos optan por alterar la percepción pública. No es nuevo, pero sí cada vez más sofisticado.
Ya se ha visto antes. Figuras como Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum Pardo han sido blanco de campañas similares, donde la manipulación tecnológica busca erosionar credibilidad. Lo novedoso ahora no es la intención, sino la herramienta: la Inteligencia Artificial como fábrica de engaños verosímiles.
Y ahí radica el verdadero riesgo. No sólo se ataca a una persona, se vulnera la capacidad de la sociedad para distinguir entre lo verdadero y lo falso. Se contamina el espacio público con contenidos diseñados para engañar. Se normaliza la mentira como método.
Esto no es un asunto menor ni pasajero. La difusión de audios y videos falsificados puede tener implicaciones legales serias, incluso penales, al afectar derechos y reputaciones mediante información fabricada. Pero más allá de lo jurídico, el daño es político y social: erosiona la confianza, empobrece el debate y debilita la democracia.
Por eso, el llamado a la ciudadanía no es retórico. Verificar fuentes, desconfiar de contenidos virales sin sustento y evitar compartir materiales de origen dudoso es hoy una responsabilidad cívica básica. La democracia ya no sólo se defiende en las urnas, sino también en la forma en que consumimos y difundimos información.
Lo que ocurre con Ana Lilia Rivera no es un caso aislado ni anecdótico. Es un síntoma de una política que, en algunos sectores, ha dejado de creer en la persuasión para apostar por la manipulación. Y frente a eso, la crítica debe ser clara: no todo vale.
Cuando la mentira sustituye al argumento, la política deja de ser un espacio de confrontación de ideas y se convierte en un terreno de simulación. Y en ese terreno, pierde no sólo una persona, pierde la sociedad entera.

