En el ejercicio del servicio público uno aprende que la formación de la conciencia no termina en el aula, se construye todos los días desde la vida misma.
Vengo de una familia evangélica metodista, una raíz que me enseñó disciplina y valores; sin embargo, el camino me llevó a asumirme como libre pensador, abierto a la pluralidad y respetuoso de todas las expresiones de fe.
Por eso entiendo la religión no como imposición, sino como una dimensión ética que puede contribuir a la justicia social.
La Iglesia Católica, como toda institución histórica, tiene claroscuros, pero hoy resulta innegable que desde el liderazgo del Papa León XIV se ha colocado una voz firme frente a la violencia global.
Esa voz, que llama a la paz y al diálogo entre las naciones, ha sido recientemente objeto de descalificaciones por parte del Presidente del imperio decadente. No es un hecho menor. Cuando el poder político pretende silenciar a quienes abogan por la Paz, lo que está en juego no es una figura religiosa, sino el sentido mismo de la humanidad.
En tiempos donde resurgen tentaciones intervencionistas, el mensaje del Papa no solo es espiritual, es profundamente político en el mejor sentido del término, se trata de la defensa de la dignidad humana frente a la imposición y la guerra. No es casual que incomode a quienes creen que el poder se sostiene por la fuerza y no por la razón.
Desde el Humanismo Mexicano, que impulsa nuestra presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, sostenemos una convicción clara, la soberanía de los pueblos es irrenunciable. México ha decidido transitar por la vía de la paz, la justicia y la autodeterminación.
Hoy más que nunca debemos tener claridad moral. No se puede ser neutral ante la guerra ni indiferente ante la injusticia. La paz no es pasividad, es una toma de posición ética.
Por ello hoy que regresan miles de estudiantes a las aulas y millones en todo el país, después de unas vacaciones que vienen precisamente de una tradición religiosa, es necesario rechazar las pretensiones de un imperio decadente que amenaza con la guerra.
Con afecto, dignidad y conciencia
Homero Meneses Hernández

