• Horacio González
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A la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros las cosas no le han salido como esperaba. Aunque constitucionalmente le resta más de un año de gobierno, políticamente su sexenio parece haber entrado en la etapa final. El desgaste de su administración, la acumulación de conflictos y una percepción pública adversa la colocan en una situación inédita para un gobernador tlaxcalteca en las últimas décadas. El poder formal permanece, pero el poder de influencia comienza a diluirse.

Ese desgaste también ha alcanzado al proyecto político que impulsó para sucederla. Alfonso Sánchez García no ha logrado consolidarse como la opción dominante dentro de Morena. Por el contrario, la cercanía con la mandataria estatal parece convertirse en un lastre más que en un activo. El fenómeno es conocido: los negativos también se heredan. Y eso es precisamente lo que hoy enfrenta el alcalde de Tlaxcala con licencia.
En ese contexto aparece Beatriz Paredes Rangel. Su reaparición pública, bajo el pretexto de la presentación del libro “El valor de las palabras, la fuerza de los hechos”, difícilmente puede entenderse como un acto editorial. Beatriz no volvió para hablar de su trayectoria, regresó para enviar mensajes y para intervenir en la disputa por la gubernatura.
La exgobernadora representa a una generación política que durante décadas definió el rumbo de Tlaxcala. Su capacidad de operación nadie la discute. Tampoco su habilidad para construir acuerdos. Lo que resulta interesante es que hoy esa experiencia se pone al servicio de un proyecto que enfrenta dificultades para despegar.

Quienes conocen la operación política local aseguran que Beatriz ha decidido asumir personalmente la conducción del proyecto de Alfonso Sánchez García. Incluso, afirman que la instrucción ha sido clara: dejar de depender de la operación de Marcela González Castillo y centralizar las decisiones políticas bajo su propia conducción. En otras palabras, Beatriz entra a escena porque considera que el equipo original no ha dado resultados.
Beatriz Paredes ni siquiera pertenece a Morena, pero su influencia dentro de diversos grupos políticos sigue siendo significativa. Esa capacidad para tender puentes y operar transversalmente explica por qué hoy busca convertirse en un factor de decisión dentro del partido gobernante. La pregunta, sin embargo, es inevitable: ¿llegó demasiado tarde?
Las encuestas con metodologías consistentes muestran una realidad difícil de ignorar. Ana Lilia Rivera Rivera mantiene una ventaja clara sobre Alfonso Sánchez García dentro de Morena. No se trata únicamente de una diferencia numérica; se trata de una tendencia que se ha mantenido durante meses.

Si Alfonso no consiguió crecer durante los primeros cinco meses del año, cuando todavía existía margen para modificar la percepción pública, parece complicado pensar que un relevo en la operación política cambie radicalmente el escenario en unas cuantas semanas. Es verdad que Alfonso Sánchez García posee un alto nivel de conocimiento entre el electorado. Pero conocer no siempre significa preferir. En su caso, la exposición que en los últimos meses ha tenido no ha logrado traducirse en crecimiento electoral.
A ello se suma otro elemento: su identificación con dos estructuras que hoy enfrentan resistencia ciudadana. Por un lado, la cercanía política con Lorena Cuéllar, cuyo desgaste termina impactando a su círculo más cercano. Por el otro, la percepción de representar la continuidad de un grupo político familiar con larga presencia en el poder estatal, justamente cuando una parte importante del electorado parece buscar señales de renovación.

Ese es el verdadero desafío que enfrenta Beatriz Paredes. No basta con reorganizar operadores ni con enviar mensajes de unidad. La elección de 2027 se está moviendo bajo una lógica distinta: la ciudadanía observa con mayor desconfianza a las élites tradicionales y premia a quienes representan autonomía frente a los grupos de poder.
Por eso, la irrupción de Beatriz puede interpretarse como el reconocimiento implícito de que el proyecto necesita un rescate político. El problema es que ningún operador, por experimentado que sea, puede sustituir aquello que las campañas no han conseguido construir: una candidatura competitiva por mérito propio.