• Apizaco
  • Pedro Morales
Hay entre ocho y diez mil fosas ocupadas, urge uno nuevo

Apizaco, Tlax.- En Apizaco, como en todo el país, el primero de noviembre se celebra el día de Todos los Santos, que tiene su valor mágico-ritual dentro del calendario profano de México.

En este 2013, el camposanto luce aseado, pasto bien recortado, sin embargo hay una carpa, ahí recupera el ayuntamiento los impuestos, a los que no pagan les quitan sus cruces, estas se encuentran arrinconadas.

Hay de todo, tumbas pobres y abandonadas, llenas de maleza, destaca la de una niña, le pusieron juguetes y una mini ofrenda, hay otra cruz en medio de una tumba de agua, no se le ve el nombre.

 Otras cruces se encuentran en un gabinete de cemento, parecen estar en espera de que alguien las reclame o pague su perpetuidad, no faltan los aguadores o escombradores de tumbas.

“Le pintamos su cruz, de aluminio o puntura negra”, ofrece improvisado chalán esculturas silenciosas parecen mirar al cielo, acompañan a las familias que buscan recuerdos.

Es claro que en la actualidad el panteón municipal de Apizaco llegó a su máxima capacidad, desde 1809 a la fecha se han construido entre ocho y diez mil fosas, todas se encuentran ocupadas.

 Los sepultureros comentan que ya no hay un lugar más en este camposanto. “Hemos informado a la población de Apizaco que desde hace meses se terminó el último lugar, excepto los que adquirieron su predio con anterioridad”.

 Cuando un ciudadano que cumple con ciertos requisitos pide una fosa para enterrar a un pariente, el ayuntamiento recibe apenas un 20 por ciento del costo total de cada espacio, lo que beneficia la economía de las familias.

 El panteón fue ampliado por primera vez en 1955 hacia el sur, en 1984 tuvo otra expansión de dos mil metros cuadrados y una más de mil metros en 1997.

El día 2 de noviembre se celebra la gran fiesta.

Este día es como el preámbulo al día siguiente, que es cuando, de acuerdo con algunas creencias, todos los muertos “regresan” por un día a la Tierra para “convivir” con sus seres queridos.

 La víspera del Día de Muertos, es decir, la noche del día primero, es la parte mágica de toda la celebración.

Es cuando los espíritus empiezan a despertar de su letargo. Las puertas de los mundos se abren.

 Se interconectan las líneas paralelas. Los muertos vienen, los vivos van.

El día 2 es la interacción de ambos en una gran festividad. Al crepúsculo, cuando las ánimas retornan por las puertas a sus mundos, y los vivos al nuestro, la comunicación se cierra por todo un año.

 Los cementerios son lugares sagrados. De gran respeto. Donde sólo se va para algo específico, como un sepelio o para llevar flores a un difunto.

A los camposantos no se va a jugar, curiosear o a matar el tiempo.

El acceso a los panteones por las noches está vedado.

Hay vigilancia supuestamente para evitar profanaciones y robos.

Sin embargo, de acuerdo con ciertas interpretaciones, nos damos cuenta que la prohibición radica en que durante la noche los cementerios se convierten en dominios de lo desconocido y cualquier ser viviente puede perder la vida o ser poseído.

Sólo se puede ir de noche para algo específico también.

Pero el permiso, tanto de las autoridades como de los moradores nocturnos, es difícil de lograr.

Sin embargo, los días 1º y 2 de noviembre se levanta la veda, se rompe la solemnidad.

Entonces se mantiene el respeto hasta cierto grado, y todo se convierte en colorido y alegría.
 
No hay obligaciones ni prohibiciones.

 
CALAVERITAS

 

Que fría calaverita,

ya siento su sinsabor

es peor que la muerte misma,

sin rima, insípida,

como la funesta  flor.

 

Ay Catrina avergonzada,

que al averno has de volver

sin un alma acorralada

por tu prisa de correr;

 

Corres a la penumbra

con los bolsillos vacíos,

!Ay, catrina solitaria!

qué pena me dan tus líos.

 

Que buena calavera

la que leo en este día

y es que no esperaba menos

de aquel que la escribiría.

 

Ya anunciada estaba,

me lo dijo la Catrina;

felicita al escribano

que es el novio de Cristina.

 

Autor: Carlos Munguía

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