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El descarrilamiento del Tren Interoceánico en la Línea Z, a la altura de Nizanda, Oaxaca, el pasado domingo 28 de diciembre, dejó un saldo devastador: 13 personas fallecidas y 98 lesionadas, cinco de ellas en estado grave. Este accidente, ocurrido en una obra emblemática del gobierno federal promovida como un impulsor del turismo y el desarrollo regional, ha expuesto no solo fallas en la infraestructura y operación ferroviaria, sino también una preocupante indiferencia y oportunismo político por parte de la Secretaría de Turismo (Sectur).
Josefina Rodríguez Zamora, titular de la Sectur, emitió un comunicado escueto y formal en el que se limitó a "lamentar el sensible fallecimiento de 13 personas" por el accidente, fechado el 28 de diciembre. Un mensaje protocolario, adornado con un lazo negro y el logo oficial, que no va más allá de una condolencia genérica. Ni una palabra sobre las implicaciones profundas que esta tragedia tiene para el sector que ella dirige: el turismo, pilar económico de México.
¿QUÉ SE LE OLVIDÓ DECIR A LA SECRETARIA RODRÍGUEZ ZAMORA? MUCHO, Y MUY GRAVE.
En primer lugar, el impacto directo en la imagen internacional de México como destino turístico seguro. El Tren Interoceánico se ha promocionado intensamente como una experiencia turística única, un recorrido escénico que conecta el Pacífico con el Golfo, atrayendo a visitantes nacionales e internacionales interesados en el patrimonio cultural del Istmo de Tehuantepec. Con este accidente –el segundo en menos de una semana en el mismo corredor–, se envía un mensaje al mundo: los transportes turísticos en México no son confiables. ¿Qué turista extranjero, al planear su visita, no pensará dos veces antes de subirse a un tren operado por el gobierno federal después de ver imágenes de vagones volcados en una barranca?
El daño a la confiabilidad de los servicios de transporte es incalculable. México recibe millones de turistas al año que dependen de trenes, autobuses y aviones para desplazarse. Proyectos como el Tren Maya y ahora el Interoceánico se vendieron como modernas alternativas seguras y sostenibles. Pero cuando un convoy con más de 240 pasajeros descarrila, dejando lamentables víctimas, se erosiona la confianza no solo en estos megaproyectos, sino en todo el sistema de movilidad turística. Los operadores internacionales, agencias de viajes y plataformas ya comienzan a reflejar advertencias; el rumor negativo en redes sociales amplificará el temor.
Además, el accidente golpea directamente al turismo regional en el sur-sureste, zona que el gobierno ha intentado revitalizar precisamente con estos ferrocarriles. Oaxaca, Veracruz y el Istmo dependen del flujo de visitantes atraídos por playas, arqueología y gastronomía. Un incidente de esta magnitud disuade a familias, grupos y turistas aventureros, afectando empleos en hoteles, restaurantes y guías locales.
No basta con lamentar. La Sectur, como responsable de promover y proteger la industria turística, tenía la obligación de pronunciarse sobre medidas concretas e interinstitucionales para restaurar la confianza. ¿Qué acciones inmediatas se tomarán para auditar la seguridad de todos los trenes turísticos federales? ¿Se suspenderán operaciones en la Línea Z hasta una investigación exhaustiva? ¿Habrá coordinación con la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT), la Secretaría de Marina (operadora del tren) y la Agencia Reguladora del Transporte Ferroviario para implementar protocolos de emergencia más robustos? ¿Se informará a embajadas y consulados sobre garantías para turistas extranjeros? ¿Y qué apoyo psicológico y compensatorio recibirán las víctimas y sus familias, muchas de las cuales podrían ser visitantes?
RODRÍGUEZ ZAMORA APROVECHA LA DESGRACIA PARA PROMOCIONARSE
Pero lo más reprobable es que la secretaria Rodríguez Zamora haya convertido incluso este momento de duelo nacional en una oportunidad para autopromocionar su imagen personal con fines políticos, en detrimento de la promoción institucional del turismo que es su única obligación y responsabilidad. Firmar el comunicado con su nombre en letras grandes, destacándolo por encima del mensaje mismo y del logo de la dependencia, revela una prioridad clara: posicionarse ella misma ante la opinión pública y el gobierno, en lugar de defender con urgencia y acciones concretas la industria que representa. En un país donde el turismo genera millones de empleos y divisas, la titular de Sectur debería estar enfocada en mitigar el daño a la marca México, no en lucirse con condolencias vacías que sirven más a su perfil político que al sector que dirige.
El silencio de Josefina Rodríguez Zamora sobre los impactos reales y las soluciones necesarias es ensordecedor, y su protagonismo innecesario resulta indignante.


