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Hay derrotas que se aceptan con dignidad, aun las que son anticipadas y hay otras que se gestionan con el ridículo. En Tlaxcala, la pareja conformada por el alcalde capitalino Alfonso Sánchez García y la dirigente estatal de Morena, Marcela González Castillo, ha decidido transitar por la segunda vía.
Ante la evidencia matemática de que su proyecto rumbo a la gubernatura de 2027 nació muerto, han optado por la salida de los mediocres: el montaje y la mentira.
La reciente difusión de encuestas apócrifas, groseramente editadas para simular un apoyo popular inexistente, no es solo un error táctico; es un insulto a la inteligencia del pueblo tlaxcalteca.
Mientras la Senadora Ana Lilia Rivera camina con paso firme y una ventaja real que supera los 40 puntos, en la oficina del presidente municipal y en la de la dirigente estatal del partido oficial, parecen estar más ocupados usando herramientas de diseño que trabajando con eficiencia en sus responsabilidades como su mejor carta de presentación.
Estos personajes representan el cáncer del nepotismo y la simulación. Es del dominio público que su madrina la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros señaló con su dedo elector al hijo del ex gobernador Sánchez Anaya, ¿por qué?, es un asunto de encubrimiento futuro y pago de facturas políticas.
Lo que hoy vemos es el retrato de una desesperación patológica. Alfonso Sánchez García, un perfil que no ha logrado conectar con el sentimiento popular y que se mantiene estancado en un raquítico dígito de preferencia, intenta "comprar" una percepción de victoria que nadie le cree. Está desesperado.
Pero el problema no termina en el alcalde. La sombra de su esposa, Marcela González, oscurece aún más el panorama. Es inaudito y éticamente reprobable que quien ostenta la dirigencia estatal de Morena se convierta en la principal operadora de un proyecto familiar, convirtiendo al partido en una agencia de colocación matrimonial.
Morena en Tlaxcala está siendo secuestrada por la egolatría de una pareja que confunde la política con una herencia monárquica, aunque salga a los medios a decir lo contrario.
Aquello que será el pueblo quién elija a la o al candidato a través de una encuesta y no intereses personales, sirvió para que se mordiera la lengua, porque los únicos intereses personales que se han manifestado hasta ahora, cínicamente, son los de ellos.
Lo cierto es que a ciudadanía ya no es rehén de gráficas de papel pagadas ni por la gobernadora, ni por la dirigencia del partido.¿Qué creen Sánchez García y González Castillo? ¿Que el electorado es ciego?
La realidad es que la capital del estado sigue esperando resultados, mientras su gobernante se dedica a soñar con una silla para la que no tiene ni el respaldo, ni la estatura política necesaria. Los habitantes de la capital lo reprueban mes con mes, están tan decepcionados, que lo detestan por su origen caciquil y porque lo quieren imponer a como de lugar.
Las encuestas falsas que hoy se denuncian en medios como La Más Peligrosa son el "canto del cisne" de una estirpe que se siente dueña de la voluntad popular. Pretender que Alfonso Sánchez es un contendiente serio frente a figuras que sí han trabajado el territorio es, por decir lo menos, una broma de mal gusto.
Lo que va a pasar es un efecto contrario con tan mala estrategia, lo van a rechazar más por seguir mintiendo o queriendo manipular la voluntad del electorado. La política se nutre de realidades, de trabajo.
La estrepitosa caída de esta "pareja imperial" está por venir antes de que siquiera empiece formalmente el proceso interno de Morena, será una muy dura lección: la gubernatura no se hereda, ni se inventa en una computadora, ni se pacta para evitar la cárcel.
Alfonso y Marcela han quedado desnudos ante la opinión pública. Sus "encuestas fantasmas" solo han servido para confirmar una cosa: están a un paso de quedar fuera de la carrera, fuera de la realidad y, muy pronto, fuera del ánimo de un partido que no permitirá que la ambición de dos personas sepulte el proyecto de transformación en el estado.
Alfonso Sánchez García pasará a la historia local no por sus obras, sino por ser el alcalde que, mientras la ciudad se le deshacía entre las manos, gastaba el tiempo y los recursos en inventarse una popularidad que el pueblo le niega.


