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  • Martin Ruiz
El exgobernador que vendió Tlaxcala por inmunidad y cargos

El descarado e inútil apoyo político y público que el exgobernador Marco Antonio Mena Rodríguez hace al delfín de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, Alfonso Sánchez García, es un intento más por posicionar a su sucesor en 2027 y evitar el escrutinio, la persecución y la rendición de cuentas de todas las anomalías de las que está plagada su administración.

Lo que Alfonso Sánchez García está recibiendo como apoyos de personajes tlaxcaltecas, operados por su madrina Lorena, son el “cascajo” de lo peor que ha visto y sufrido Tlaxcala. Al alcalde no le basta que el corrupto y decrépito Joaquín Cisneros lo señale como el futuro del estado, ahora suma a su aspiración a uno de los traidores más públicos de la política tlaxcalteca.

Marco Mena, antes de ser gobernador de Tlaxcala, era un ilustre desconocido, quizá de una familia más o menos identificada del sur del estado, pero él no tenía arraigo ni carrera política realizada en la entidad. Lorena Cuéllar, siendo priista, lo sacó del ostracismo en 2011 y luego la traicionó para irse a los brazos del enemigo político número uno de ella, Mariano González Zarur, a la postre gobernador del estado por el PRI, haciéndola a un lado y orillándola a irse del partido que fue, decía ella, “su gran amor”, después de casi 30 años.

De la noche a la mañana, Lorena olvidó su pasado priista y, sin saber ni siquiera —y sigue sin saberlo— lo que es y representa la izquierda mexicana, ingresó al PRD. Pero esa es otra historia.

En la historia reciente de Tlaxcala, pocos personajes encarnan mejor la podredumbre de la política mexicana contemporánea que Marco Antonio Mena Rodríguez. Este exgobernador priista (2017-2021) no solo presidió uno de los gobiernos más grises y cuestionados de la entidad, sino que protagonizó una de las traiciones más descaradas y cínicas registradas en el PRI: entregó el estado a Morena en las elecciones de 2021, sepultando a su propia candidata, Anabell Ávalos Zempoalteca, para salvar su pellejo ante el fantasma de la cárcel por corrupción.

Mena, ungido por el viejo cacicazgo priista de Mariano González Zarur, llegó al poder prometiendo un gobierno de gran “gobernanza”. Lo que dejó fue un sexenio marcado por señalamientos constantes de opacidad, mal manejo de recursos y favoritismos familiares.

Su hermano Fabricio Mena Rodríguez, hoy secretario de Turismo de Tlaxcala bajo el gobierno de Lorena Cuéllar Cisneros y cuñado de la gobernadora, fue señalado en múltiples ocasiones como operador clave de contratos y presuntos desvíos durante la administración priista. Denuncias de nepotismo, cargas laborales excesivas y tráfico de influencias orbitaban alrededor de la familia Mena, mientras el gobernador se escudaba en un perfil bajo y académico que nunca se tradujo en resultados palpables para los tlaxcaltecas.

La campaña de 2021 fue el capítulo más infame. En lugar de respaldar a Anabell Ávalos, la candidata oficial de su partido, el PRI, Mena optó por la inacción absoluta: cero recursos, ningún apoyo político y, según múltiples testimonios, amenazas directas a su gabinete para que nadie colaborara con la abanderada tricolor. Prohibió el uso de materiales oficiales, vigiló personalmente a sus secretarios e incluso colocó vigilancia en oficinas y domicilios.

El resultado fue predecible: la derrota vergonzosa del PRI y el triunfo de Lorena Cuéllar, con quien Mena mantenía vínculos familiares indirectos a través de su hermano Fabricio, esposo de una hermana de la gobernadora.

Esta maniobra no fue gratuita ni ideológica, fue más bien de conveniencia y autoprotección. Poco antes de la elección, el entonces secretario de Gobernación, Adán Augusto López, hombre de máxima confianza de Andrés Manuel López Obrador, realizó una “visita de cortesía” al gobernador. Fuentes y versiones periodísticas coinciden en que el encuentro incluyó la entrega de un sobre con un detallado expediente de irregularidades: desvíos de recursos públicos, opacidad en contrataciones y obra pública, posibles compras de propiedades en Estados Unidos y otras anomalías que apuntaban directamente al círculo cercano de Mena, incluyendo a su hermano Fabricio.

La amenaza era clara: cooperación o cárcel.

Mena eligió la primera opción. De la noche a la mañana se convirtió en un “aliado” de Morena, facilitando la transición del poder y evitando cualquier auditoría profunda a su gestión. El premio no se hizo esperar: en 2023, ya bajo el gobierno de AMLO, fue nombrado director de la Lotería Nacional, un puesto lucrativo y de bajo escrutinio que ocupó hasta febrero de 2025, cuando fue removido en medio de especulaciones sobre irregularidades financieras en su gestión.

Pero la recompensa mayor llegó en 2025 con la administración de Claudia Sheinbaum: Mena fue propuesto y ratificado como cónsul general de México en San Francisco, California. El colmo de la ironía: un hombre señalado por posibles adquisiciones inmobiliarias en Estados Unidos ahora representa al país en el mismo territorio donde presuntamente ocultó parte de su patrimonio. Nombramientos como este, sin trayectoria diplomática alguna, han sido calificados por especialistas y exdiplomáticos como una “vergüenza” para el Servicio Exterior, un claro ejemplo de cuotas políticas y reciclaje de priistas conversos a cambio de favores pasados.

Hoy, mientras Tlaxcala arrastra la peor percepción de corrupción y estancamiento en décadas, con la actual administración de Lorena Cuéllar heredando y profundizando muchos de los vicios del más rancio PRI, Marco Antonio Mena disfruta de una carrera ascendente en el servicio público morenista. Su hermano Fabricio, el “cuñado incómodo”, opera ahora como secretario de Turismo, controlando recursos y promoción en un estado que necesita mucho más que fotos bonitas para salir del atraso.

El caso Mena no es solo una traición partidista; es la radiografía perfecta de cómo opera el poder en Tlaxcala: la lealtad se negocia con expedientes, la impunidad se compra con cargos y la corrupción se blanquea con siglas nuevas. Mientras los tlaxcaltecas pagan los platos rotos de gobiernos mediocres y pactos oscuros, los verdaderos beneficiarios siguen escalando posiciones, riéndose de la justicia y de la memoria colectiva. Porque en este país, la traición no castiga: premia. Y muy bien.

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