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La política en Tlaxcala ha tocado fondo. Lo que debería ser un proceso democrático se ha convertido en un mercado negro de lealtades, donde las aspiraciones se negocian a puerta cerrada, a miles de kilómetros del electorado, entre viáticos lujosos y traiciones descaradas.
En plena Feria Internacional de Turismo (FITUR) 2026 en Madrid, la secretaria federal de Turismo, Josefina Rodríguez Zamora —elegida por la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros como su “Plan B” para la sucesión en 2027 por Morena—, decidió ejecutar el asesinato político de su propia candidatura.
Desde España, convocó una videoconferencia humillante a su equipo, operadores y seguidores en Tlaxcala, mientras descuidaba sus responsabilidades públicas pagadas con recursos de todos los mexicanos.
Sin permitir preguntas, sin dar explicaciones, soltó la bomba: “Gracias por el apoyo, detengan todo. Me sumo a Alfonso Sánchez García, el elegido de la gobernadora. "Les irá muy bien en el próximo gobierno”. Y cortó, con la desfachatez de rematar: “Gracias a Dios estoy trabajando en Madrid”.
¿El precio de la rendición? Desconocido. ¿Diputación federal, senaduría, maletín o simple amenaza? Nadie lo sabe. Nadie lo dice. Porque así funciona el morenismo tlaxcalteca: en lo oscurito, entre pactos caciquiles y videoconferencias que apestan a sumisión.
Lorena Cuéllar no gobierna un estado; administra un feudo personal. Josefina Rodríguez no aspiraba a servir; solo quería heredar el trono. Al final, ambos vendieron la ilusión de una “transformación” que nunca existió.
Lo que queda es la podredumbre al descubierto: una sucesión decidida en Madrid, impuesta al pueblo tlaxcalteca y pagada con la dignidad de quienes creyeron en ellos.


