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Más allá de nombres, preocupa la práctica: usar instituciones públicas como fichas de negociación política. Tlaxcala merece un gobierno que fortalezca la democracia interna y respete la pluralidad, no uno que repita las viejas fórmulas de imposición que tanto se prometió erradicar

La salida de Carlos Augusto Pérez Hernández del Fondo Macro para el Desarrollo Integral de la Familia (FOMTLAX) no huele a trámite administrativo, sino a ajuste de cuentas. 


Versiones internas apuntan a que fue la propia gobernadora Lorena Cuéllar quien ordenó su destitución tras negarse a respaldar aspiraciones políticas afines al grupo en el poder.

Si esto se confirma, el mensaje es contundente: en Tlaxcala, disentir cuesta el cargo. La presunta instrucción girada al Secretario de Gobierno y a otros operadores políticos evidenciaría que la lealtad personal pesa más que la capacidad o los resultados. Se castiga la autonomía y se premia la obediencia.

El episodio también desnuda una fractura interna en Morena. La eventual migración de cientos de operadores hacia otros liderazgos revela que el conflicto no es menor y que la unidad partidista pende de intereses particulares.

Más allá de nombres, preocupa la práctica: usar instituciones públicas como fichas de negociación política. Tlaxcala merece un gobierno que fortalezca la democracia interna y respete la pluralidad, no uno que repita las viejas fórmulas de imposición que tanto se prometió erradicar

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