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  • Martin Ruiz
¿A quién va a denunciar, a su esposa y a Lorena Cuéllar?

Olvido selectivo de la ley electoral y negación patológica de lo evidente

 

En la política tlaxcalteca, el cinismo ha alcanzado niveles de caricatura grotesca y patológica. Alfonso Sánchez García, el alcalde de la capital y delfín mimado de la gobernadora Lorena Cuéllar, emerge con su comunicado de “deslinde” ante las bardas que inundan la entidad con su nombre: “Tlaxcala con él”, “Yo voy con él”, “Y él es Alfonso”. Aparecen por arte de birlibirloque en puntos estratégicos, como si un ejército de fantasmas militantes hubiera decidido inmortalizar su figura en paredes ajenas. 

 

Y él, con cara de sorprendido inocente, publica un texto solemne negando toda autoría, toda autorización, toda responsabilidad. ¿En serio? ¿Esperan que la ciudadanía trague esa farsa barata?

 

El libreto es tan predecible que roza lo patético: se lanzan pintas masivas, se genera buzz mediático, se mide el termómetro social y, cuando el escándalo electoral empieza a oler a sanción del INE o del ITE, llega el deslinde prefabricado. “No autoricé nada”, “siempre respeto las leyes”, “estoy procediendo ante las autoridades”. Palabras huecas que insultan la inteligencia colectiva. 

 

Porque si no fue él, ¿quién? ¿Duendes morenistas? ¿Un club de fans espontáneo que paga pintores encubiertos con su propio bolsillo? La realidad apesta a cálculo maquiavélico: usar recursos del poder —públicos o del grupo en el gobierno— para posicionarse de forma ilegal rumbo a 2027, y luego lavarse las manos con un llamado hipócrita a la legalidad.

 

Y aquí viene el colmo de la desfachatez: cuando algunos críticos le han recordado que su progenitor ya exhibe síntomas evidentes de demencia senil por su avanzada edad, él muestra los mismos síntomas anticipados. Pero ¿cómo explicar los alarmantes síntomas que él mismo está mostrando en el terreno político? 

 

Olvido selectivo de la ley electoral, negación patológica de lo evidente, incapacidad para reconocer la realidad que todos ven (las bardas con su nombre no se pintaron solas), y una reiterada costumbre de actuar primero y desmentir después como si nadie tuviera memoria. Eso no es demencia senil diagnosticada clínicamente, pero sí una demencia política galopante: pérdida progresiva del sentido de la vergüenza, deterioro acelerado de la coherencia ética y una alucinación recurrente en la que el beneficiario de la ilegalidad se convierte mágicamente en su víctima.

 

Lo grave no es solo la violación flagrante a la norma —actos anticipados de campaña que él mismo reconoce al pedir “respetar los tiempos”—, sino la burla descarada y la simulación descarnada. Este hombre no es un outsider; es el consentido del Palacio de Gobierno, el que se beneficia del aparato estatal, de las redes clientelares y, según denuncias recurrentes, hasta de extorsiones a servidores públicos para que “apoyen” su proyecto. 

 

Mientras amenaza con denunciar las bardas pintadas sin su autorización, la interrogante obligada es si lo hará en contra de la propia Lorena Cuéllar y a su esposa Marcela González. 

 

Es un teatro de tercera con toques de tragicomedia clínica. La ciudadanía observa cómo se desvían energías y recursos para una precampaña encubierta, mientras problemas reales —seguridad, empleo, servicios— quedan en segundo plano. Las autoridades electorales, con su parsimonia habitual, parecen esperar a que el daño esté hecho para actuar, enviando el mensaje de que la impunidad es la regla.

 

Basta de este “mundo al revés” donde el beneficiario se posa de agraviado, el cínico se disfraza de prudente y la demencia política se disfraza de sorpresa. El “desconozco” es la coartada perfecta del poderoso que finge ser víctima.