- Política
La autopista Tlaxcala-Puebla, una de las vías más transitadas del estado, se ha convertido este domingo en el escenario de una provocación política sin pudor: enormes espectaculares que proclaman a todo color y con corazón incluido: “Tlaxcala va con él y él es Alfonso Sánchez”.
No se trata de una pintada improvisada ni de un apoyo espontáneo de militantes; son vallas publicitarias profesionales, de alto costo y colocadas estratégicamente para que nadie que transite por la zona pueda ignorar el mensaje. Por cierto, en los mismos espacios y espectaculares que usa el gobierno estatal para la difusión de sus acciones.
Esto es una declaración de intenciones clara y violatoria: Alfonso Sánchez García, alcalde de Tlaxcala y delfín indiscutible de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, ya está en campaña anticipada abierta rumbo a la gubernatura de 2027, y la estrategia es primero imponerlo en la candidatura de Morena.
El heco no puede ser más cínico. Apenas unas horas después de que la presidenta Claudia Sheinbaum abandonara Tlaxcala —visita que el grupo en el poder quiso vender como un respaldo implícito—, estos espectaculares aparecen como si fueran una respuesta desafiante: “Nosotros decidimos quién sigue, no importa lo que digan las reglas”.
Mientras el Instituto Nacional Electoral y el Organismo Público Local Electoral permanecen en silencio o en aparente letargo, el clan Cuéllar-Sánchez García avanza sin freno, imponiendo a su candidato mediante una propaganda masiva, millonaria y descarada que ningún otro aspirante puede permitirse.
Lo más repugnante es la actitud del propio Alfonso Sánchez. Ante la evidencia imposible de negar —miles de conductores la ven a diario—, el funcionario ha optado por la mentira descarada: “No sé nada de eso”. ¿En serio? ¿Pretende que la ciudadanía crea que cientos de bardas, espectaculares de ese tamaño y con su nombre exacto se instalaron por arte de magia, sin su conocimiento ni el de su equipo? Esta negación no es torpeza política; es un insulto directo a la inteligencia de los tlaxcaltecos. Revela el nivel de desprecio que sienten por la gente a la que supuestamente sirven.
Es una maquinaria que lleva meses operando: bardas, lonas, pintas y ahora espectaculares millonarios que promueven al mismo personaje, financiados con recursos cuya procedencia nadie explica. ¿Dinero público desviado? ¿Aportaciones de empresarios cercanos al poder? ¿Fondos de dudosa legalidad? La opacidad es total y la impunidad, absoluta.
Los espectaculares en la autopista no solo rompen la ley de manera flagrante; simbolizan el secuestro de la democracia por un grupo que se cree intocable. Si hoy se atreven a colocar propaganda ilegal a plena luz del día y luego niegan lo evidente con una sonrisa, ¿qué horrores de autoritarismo y corrupción nos esperan si logran perpetuarse en el Palacio de Gobierno?
La ciudadanía tiene derecho a exigir respuestas inmediatas: ¿quién pagó esos espectaculares?, ¿por qué las autoridades electorales no actúan?, ¿hasta cuándo se va a tolerar que un clan familiar trate al estado como su propiedad privada? Porque mientras los tlaxcaltecos transitan por esa autopista y ven su nombre estampado en letras gigantes, lo que realmente se está anunciando no es un candidato: es el desprecio absoluto por la ley, por la equidad y por el pueblo.


