- Política
En la política mexicana los personajes no desaparecen: se repliegan, negocian y regresan. Y pocos ejemplifican mejor esa lógica que Eukid Castañón Herrera, el operador electoral poblano cuyo nombre ha sido sinónimo de control político, maniobras de ingeniería electoral y de guerra sucia.
Originario de Puebla y forjado al amparo del morenovallismo, Castañón construyó su reputación oscura como estratega detrás del telón. No fue un político de discursos encendidos ni de plazas públicas; fue, más bien, el hombre de las llamadas discretas, los amarres quirúrgicos y las estructuras territoriales aceitadísimas. Diputado local y después federal por el PAN, se convirtió en pieza clave durante el gobierno de Rafael Moreno Valle, donde fue señalado como uno de los principales operadores políticos del régimen.
Su carrera, sin embargo, quedó marcada por un largo periodo de procesos judiciales. Fue detenido en 2020 y permaneció varios años en prisión, entre cárcel y prisión domiciliaria, acusado de diversos delitos relacionados con presuntas irregularidades financieras. El episodio dejó una sombra indeleble sobre su figura pública. Para él y sus aliados fue persecución política; para sus críticos, el síntoma de un sistema donde las redes de poder habían ido demasiado lejos.
Hoy, de acuerdo con versiones difundidas en círculos políticos y columnas nacionales, su nombre vuelve a sonar con fuerza, ahora vinculado al entorno de la gobernadora de Tlaxcala, Lorena Cuéllar, y al posicionamiento del inútil alcalde Alfonso Sánchez García rumbo a la candidatura de Morena en 2027.
Castañón está asesorando, diseñando y operando estrategias como las bardas y espectaculares del delfín de la gobernadora en todo el estado, impresos, distribución, uso de la estructura de servidores públicos amenazados para brigadas, boletines y medios de comunicación, guerra sucia, intervención ilegal de teléfonos particulares, todo a un costo millonario que sale del erario público impunemente.
La presencia de este personaje y sus formas y estrategias electorales, han encendido alarmas entre opositores y dentro del propio morenismo en Tlaxcala..
¿Por qué? Porque su sello político siempre ha sido polémico, ilegal y de delincuencia electoral organizada. A Castañón se le atribuye una visión de la competencia electoral como campo de batalla total: control territorial, presión estratégica, uso intensivo de estructuras paralelas y, según denuncias de adversarios, campañas negativas sofisticadas.
En Puebla, su nombre fue asociado en distintas ocasiones con filtraciones de audios, confrontaciones mediáticas y operaciones destinadas a debilitar rivales.
Si hoy se le ubica en el proyecto político para posicionar a Alfonso Sánchez García, el mensaje es claro: no se trataría de una campaña convencional, sino de una operación de alta ingeniería política y de altos costos. Castañón no es un asesor decorativo. Su historial indica que, cuando participa, lo hace para diseñar estrategias integrales: construcción de alianzas invisibles, segmentación territorial minuciosa y, en el discurso de sus críticos, activación de tácticas de desgaste contra competidores internos.
El dilema para Morena en Tlaxcala es profundo, porque un movimiento que se autodefine como transformador y abraza a un operador identificado durante años con el panismo más duro y delincuencial, es una muy mala señal del partido que gobierna el estado y la nación.
El costo a la reputación de Morena en Tlaxcala va a ser muy alto, tanto como la mala reputación que se ha forjado a pulso Lorena Cuéllar como gobernante.
Para Lorena Cuéllar, la apuesta es arriesgada, cínica y corrupta, porque apostar por un operador experimentado como Castañón podría fortalecer abrirá un flanco de críticas sobre coherencia ideológica y ética pública. Cuéllar Cisneros deja algo muy claro, en Tlaxcala se privilegian los resultados por encima de los principios, pero podría convertirse en un búmeran político.
En cuanto a Alfonso Sánchez García, su impulso bajo una estrategia atribuida a Castañón le está dando cierta competitividad interna, pero también lo carga con el peso de una narrativa adversa: la de un candidato impuesto mediante maquinaria y no por consenso genuino. En tiempos donde las redes sociales amplifican cualquier señal de operación cupular, los tlaxcaltecas ya se percataron de la figura del “operador en la sombra” y de la porquería electoral que está conduciendo la gobernadora.
El pasado de Eukid Castañón, con su combinación de poder, controversia y procesos judiciales, es un antecedente que inevitablemente condiciona cualquier nuevo movimiento que se le atribuya.
La historia del estratega que trajo Lorena Cuéllar, se resume en la del operador que sobrevivió a la cárcel por múltiples delitos electorales y penales.


