- Tlaxcala
Cada 12 de diciembre, millones de peregrinos llenan la Basílica de Guadalupe convencidos de que la imagen que corona el altar mayor es el mismo ayate donde, en 1531, la Virgen María se imprimió milagrosamente para Juan Diego Cuauhtlatoatzin. Sin embargo, casi cinco siglos después, historiadores, científicos y científicos siguen debatiendo si lo que vemos hoy es realmente aquel manto original, si Juan Diego existió tal como lo cuenta la tradición y cómo una pintura sobre fibra de maguey ha sobrevivido intacta cuando, por ley natural, debería haberse deshecho hace siglos.
El indígena que no aparece en los registros de la época.
El relato más difundido es el del Nican Mopohua, publicado en 1649 por el sacerdote Luis Lasso de la Vega. Según este texto en náhuatl, Juan Diego era un macehual (indígena común) que en diciembre de 1531 vio cuatro veces a la Virgen en el cerro del Tepeyac y recibió, como prueba, rosas de Castilla en pleno invierno y la imagen impresa en su tilma.
Pero el primer documento contemporáneo que menciona a Juan Diego data de 1556 (25 años después de los hechos) y es solo una breve referencia indirecta. El informe oficial del obispo fray Juan de Zumárraga sobre las apariciones, que debería existir si el milagro fue tan impactante, nunca ha aparecido. Ni Zumárraga ni el primer arzobispo, fray Alonso de Montúfar, mencionan jamás el nombre de Juan Diego en sus abundantes escritos. El primer testimonio explícito de su existencia surge en 1666, 135 años después, cuando el cabildo eclesiástico pide su beatificación basándose exclusivamente en la tradición oral y en el Nican Mopohua.
La tilma que desafía a la ciencia
La imagen actual mide 1,70 m de alto y está hecha sobre una tela burda de dos piezas de fibra de ixtle (maguey) unidas por un hilo central. Los estudios más serios coinciden en varios puntos inquietantes:
- La fibra de maguey normalmente dura entre 20 y 60 años como máximo. Esta lleva casi 500 años sin pudrirse ni perder color de forma significativa.
- En 1921 un anarquista colocó una bomba con 29 cartuchos de dinamita a los pies del altar; la cruz metálica se dobló, los mármoles se resquebrajaron, pero el vidrio que protegía la tilma no se rompió y la imagen quedó intacta.
- En 1791, al limpiarla con ácido nítrico, se derramó el líquido sobre una zona; la tela debería haberse disuelto, pero solo apareció una mancha que desapareció sola en menos de 30 días, según los testigos de la época.
- Los estudios infrarrojos de 1979 (Philips, Alemania) y los posteriores de la NASA y del Centro de Estudios Guadalupanos no han encontrado trazas de imprimatura ni de pinceladas previas. Los colores no corresponden a ningún pigmento conocido en la América del siglo XVI, y la capa de color parece estar “flotando” a unas décimas de milímetro sobre la tela, sin penetrarla.
Más polémico aún: en 1929 el fotógrafo Alfonso Marcué González afirmó haber descubierto la figura de un hombre barbado reflejado en el ojo derecho de la Virgen. Desde entonces, al menos 14 estudios oftalmológicos digitales han confirmado la presencia de imágenes microscópicas (menos de 1/100 de milímetro) en ambas pupilas, con efecto de profundidad tridimensional (efecto Purkinje-Samson), algo imposible de lograr con la tecnología del siglo XVI… y difícil incluso hoy.
¿Una imagen sincrética creada por indígenas o españoles?
Una corriente académica encabezada por historiadores como Stafford Poole y Joaquín García Icazbalceta sostiene que la devoción guadalupana fue una construcción deliberada del clero franciscano y criollo para reemplazar el culto prehispánico a Tonantzin, la madre tierra azteca, cuyo santuario estaba exactamente en el Tepeyac. La Virgen morena, con manto azul estrellado y rayos dorados, tendría rasgos indígenas y elementos iconográficos tomados tanto del Apocalipsis (“mujer vestida de sol”) como de la diosa Coatlicue.
En sentido opuesto, el análisis químico más reciente (2021, Universidad Nacional Autónoma de México) detectó oro de 24 quilates en los rayos y pigmentos de origen europeo en algunos retoques del siglo XVII y XVIII, pero no logra explicar la imagen base.
¿Qué hay hoy realmente en la Basílica?
La tilma que se exhibe no es la original en su totalidad. Existen documentos que pruegan que en 1556 se encargó una copia “para que la original no se estropee con los besos y el humo de las velas”. Esa copia se perdió o se deterioró, y en 1622 y 1666 se hicieron nuevas copias. Algunos investigadores (entre ellos el padre Xavier Escalada SJ) sostienen que la imagen actual es un mosaico: la figura central sería la original de 1531, pero el manto estrellado, los rayos y el ángel fueron repintados o sustituidos en los siglos XVII y XVIII.
La Iglesia nunca ha declarado dogmáticamente que la imagen sea “no hecha por manos humanas” (acheropita), pero sí la considera objeto de culto por su origen milagroso. Juan Diego fue canonizado en 2002 tras un proceso en el que el Vaticano aceptó la historicidad del Nican Mopohua y el milagro de la tilma como suficientes.
Cinco siglos después, la pregunta sigue abierta
¿Fue Juan Diego un personaje real o una figura simbólica creada para evangelizar? ¿Es la imagen actual la misma tilma de 1531 o una reconstrucción barroca con fragmentos del original? ¿Cómo una tela de maguey desafía todas las leyes de la química y la física conocidas?
La Basílica de Guadalupe recibe cada año más de 20 millones de visitantes, la cifra más alta del mundo católico después del Vaticano. Para la inmensa mayoría, la respuesta es sencilla: es un milagro. Para una minoría creciente de historiadores y científicos, es el mayor enigma sin resolver de la historia de América.
Y mientras la imagen siga mirando desde lo alto del altar mayor con esos ojos que, según quienes los han estudiado de cerca, parecen seguir moviéndose, el debate continuará.


